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"Gran tango" de Carlos Alonso |
“A través del ruido” fue el
cuento ganador del segundo lugar en el II Concurso Literario del Tango
(Argentina) en el año 2000. Mauricio Ventanas, su autor, lo comparte ahora en el
Signo roto para demostrarnos que en Costa Rica cuando se quiere se puede hacer
mucho más que “chiqui-chiqui”. Queda aquí el texto como comprobación.
A través del Ruido
Es el año 14.210 de la cuenta que
llevamos. Hoy se cumplen tal vez unos
doce mil años desde la desaparición de Carlos Gardel, el inolvidable escritor y
cantante de tangos. Yo soy su último
admirador, ya nadie más le escucha… y Elisa está harta de oírme hablar de aquel
hombre casi prehistórico, de sonrisa fina y misteriosa, de un tiempo en que la
gente andaba con sombrillas por las calles bajo la lluvia de agua.
Qué no diera yo por bailar un tango
con Elisa, sé que así la conquistaría mi vago amor por aquellos tiempos
lejanísimos, de máquinas estrepitosas y de bailes entre el ruido. Pero no tengo la más remota idea de cómo se
baila el tango. Tendría que inventar el
baile otra vez, y seguramente ya no sería lo mismo.
O tal vez debería matizar las
canciones muy bajito a todas horas en la casa para que ella se fuera enamorando
sin querer. Pero no hay manera: las versiones que tengo han acumulado un
nivel de ruido tan alto, que tratar de escuchar el tango a través de él es poco
menos que un penoso fastidio. Se podría
pasar por un filtro analizador que eliminara el ruido… si tan sólo supiera qué
es ruido y qué es tango de todo aquello ¿Cómo saber? Y qué parte del ruido ha sido mera culpa del
tiempo, del murmullo estelar, o verdadero ruido de fondo de la época.
Lo que queda de los tangos de
Gardel son copias de copias, sobre copias de copias que se han venido apilando
a través de unos noventa y ocho cambios radicales en la tecnología de
grabación. Curiosamente las primeras
grabaciones eran analógicas, en unos discos gigantescos llamados acetatos, lo
cual quizás no estaba tan mal. Pero por
alguna razón inexplicable, a fines del segundo milenio hubo un retroceso
terrible y todo se redujo a información digital. Pasaron quizás unos mil años, con un
holocausto de por medio, hasta que se volvieran a utilizar sistemas analógicos
espectrales. Luego vinieron, en diversos
formatos, la información real, la compleja y últimamente la polidimensional,
pero ya para cuando eso no quedaba de la colección más que atropellados torrentes
de unos y ceros.
Sin embargo, de los acetatos
conservo escondido el encuentro más sublime y estremecedor que todo hombre
puede tener con su pasado (o más bien antepasado). Una vez, cuando era joven y me gustaba
aventurarme en los mercados negros, me vine a tropezar en Zimbabwe con un
antiquísimo preservador criogénico que contenía dos fragmentos de los
materiales más preciados de antes del año 3000: un pedazo de papel y un trozo
de acetato con música. Ambos eran
supuestamente provenientes del mismo objeto.
En el tiempo de su aparente origen, la gente mataba los árboles por
cualquier cosa, y vivos todavía los molían a golpes hasta reducirlos a una masa
fibrosa, o “pulpa”, con la que fabricaban láminas de papel. El papel se usaba para etiquetas que se
pegaban a los artefactos. O sea que si
el pedazo de papel verde con letras negras estaba en lo correcto, aquel pequeño
trozo de acetato contenía la voz de Carlos Gardel a dúo con un tal Odeón, no sé
si este segundo era nombre o apellido y el resto ya no se alcanzaba a leer.
En un principio compré el
preservador más como curiosidad histórico-científica que por interés en la
música, aparte del valor de coleccionista del papel. Pero pronto no pude soportar la tentación de
abrirlo y experimentar con el contenido, aunque yo sé que me puedo meter en un
lío grave con la ley de preservaciones.
Por no poder consultar con nadie, pasé casi un año imaginando cómo
podría haber música en un pedazo de plástico, hasta que puse atención a la
irregularidad de los surcos. Luego tuve
que invertir enormidades construyendo un lector físico de surcos que pudiera
extraer los fragmentos de música que guardaba el trozo de acetato. Pero al fin lo logré y a cada pasada… que
costaba un mundo calibrar, porque todos los surcos eran curvos y estaban hechos
para leerse a velocidades diferentes ¡sabe Dios por qué! …a cada pasada pude
escuchar por primera vez en mi vida, aunque fuera en solitarios fragmentos, la
voz de Carlos Gardel:
…ver, con la frente marchita…
…que es un soplo la vida…
…vivir con el alma…
…tengo miedo…
Y al punto caí preso de una
melancolía insondable. Faltó que
interviniera Odeón, pero con Carlos fue más que suficiente. Yo no sabía que se trataba de tango, ni menos
qué era el tango, pero al poco tiempo lo confirmé revisando bases de datos de
la antigüedad, donde conseguí varias imágenes bidimensionales pasivas en un
borroso blanco y negro, así como las versiones ruidosas de sus canciones, que
comentaba al principio. Será cuestión de
gustos, o alguna misteriosa afiliación transancestral, pero nunca he podido
contener ni explicar mi arrobamiento ante aquellos candorosos y rudimentarios
impulsos musicales. Se me salen las
lágrimas, me dan ganas de cantar y canto con la ayuda del autosintetizador,
pero sueno patético, sin vida. Yo nunca
podré cantar así. Ya nunca nadie podrá
cantar como Carlos Gardel. Por eso soy
su admirador, en medio de la ignorancia y la indiferencia de toda la humanidad.
Para ver qué tal habría sido
conocerlo, fabriqué un holograma interactivo a partir de sus imágenes, pero es
demasiado vago. Todo lo que faltaba de
él quedó lleno de arquetipos del tercer quinquenio, que se notan tanto… No
tiene ninguna gracia así de reconstruido, como un vil títere electromagnético
de dudosos colores sacados de la manga aleatoria de algún programador… y eso
tan sólo consigue ponerme todavía más triste.
Así que después de haber agotado
cuanto había por investigar he decidido escribir, así al estilo más retrógrado,
todo lo que sé de él: una pequeña biografía,
para resucitarlo hasta donde pueda a través del ruido del tiempo. Quizás sólo de esta manera, alguien algún día
podrá volver a sentir por él y por su obra lo mismo que yo.
Carlos Gardel nació en la
superficie terrestre, en Toulouse, Francia, para ser precisos, a finales del
segundo milenio, de una mujer femenina fecundada por un hombre masculino, como
era la usanza, al menos en cuanto a asuntos de procreación. Pero no vivió casi nada: infiero por los enredos de números que tengo
a mano que no puede haber llegado ni a los doscientos años. Falleció en una corta pero riesgosísima
travesía a bordo de un teleportador de propulsión helicoidal y sustentación en
medio gaseoso por diferencial de presión inducido cinéticamente, conocido como
“avión”. Era algo con alas, como
inspirado en las aves, pero rígido y con hélices, una nave basada en modelos de
movimiento totalmente Newtonianos, con un alcance ridículamente limitado y
sujeta a todo tipo de aberraciones espaciales.
Aparte de que la nave entera se desplazaba con los objetos
transportados, ni siquiera tenía autonomía de vuelo para salir de su sistema
solar, por falta precisamente del medio gaseoso.
Escapa a mi entendimiento el por
qué Gardel habría cometido la intrepidez de introducirse en un artefacto tan
peligroso, si de por sí no pensaba ni podría abandonar el planeta (ni se
conocían lugares adonde ir). Lo cierto
es que a poca distancia del despegue, la nave fue sacudida por turbulencias
atmosféricas, perdió el control, fue dominada por el campo gravitatorio y
sufrió un impacto de masas con otra nave, con la misma Tierra, con Gardel y sus
amigos adentro y sin dispositivo de suspensión de eventos. De haber sabido que todas esas cosas le
podían pasar a esa nave, yo que él jamás habría puesto ni un dedo en ella. Pero en fin:
así de aventurero era Carlos Gardel.
En aquel tiempo el español no era
la lengua predominante en la galaxia, ni siquiera en el planeta Tierra. Sin embargo Carlos Gardel fue tan visionario
que desde muy joven decidió prácticamente abandonar su lengua natal y dejarle
todo su trabajo a la posteridad de una vez y mayoritariamente en español. Al menos eso creo, aunque mi base de datos
registra entre sus obras el tango pesado “Beat me ‘til I’m conscious” (en un
dialecto hipoverbial contraído, que se había difundido para efectos de
negocios) y no me extrañaría que también haya cantado en francés, el idioma que
se hablaba en Francia.
Le encantaban los nombres. Su nombre original completo era Charles André
Joseph Marie de Gaulle y como tal llegó a ser muy famoso por su heroísmo en las
escaramuzas intertribales que se daban dentro del mismo planeta. Aficionado desde siempre a la vida en el
exilio, dedicó muchos de sus años a formas poco usuales de pelear fuera de su
país, como las cruzadas, la legión extranjera y la resistencia
clandestina. Sin embargo, durante una de
las treguas que ocurrían de vez en cuando, se dejó seducir por una romántica
corriente migratoria de excombatientes y criminales de guerra hacia el cono
suramericano. Iban en busca de mujeres
compasivas a quienes amar, ya que sus esposas los habían abandonado -y con
buena razón- por ser tan violentos. Así
fue como de Gaulle se trasladó, no sé si al Uruguay, donde se hablaba el
guaraní, o a la Argentina, donde se hablaba el italiano, y desde ahí se puso en
contacto por fin con el idioma español y el tango, a través de una tribu
festiva llamada “Los Pibes”.
Algunas de estas lenguas,
especialmente el español, eran conocidas como lenguas “romances”, porque se
usaban más que nada para enamorar a las personas y serían sin lugar a dudas las
causantes de que todo quien las hablara con virtud se volviera tremendamente
prolífero. Mejor aún si las
cantaba. De ahí que las razas romances
llegaran a establecer un patrón de crecimiento exponencial notablemente
superior a las demás, y en cuestión de menos de dos mil años ya las iban a
borrar del mapa.
Esto lo percibió al instante el
recién llegado y poco tiempo después decidió adoptar el seudónimo de Carlos
Gardel, junto con otros que siguió coleccionando a lo largo de su fugaz carrera
artística, valga mencionar Morocho y Zorzal.
Inteligentemente dejó las armas, a falta de gran escuela con la guitarra[1] se
alió con buenos guitarristas y empezó cantando en bares, boliches y cafés. Registro nombres de lugares como Abasto,
O'Rodemman, El Pelado y Armenorville.
Entre sus guitarristas aliados se
citan muchos, pero sobre todo un tal Razzano, con el que se dedicó ya
seriamente a enamorar mujeres famosas como Lola Membrives, Angelina Papano,
Marylin Manson y Orfilia Rico. Acostumbraban
también grabar las canciones, o bien historias seductoras, llenas de besos y
conquistas, con imágenes animadas y música para enviarlas a otras ciudades y
enamorar a la distancia. En vista de su
gran éxito, pronto se les unieron otros músicos y congregaban filas enormes de
mujeres, a veces hasta hombres e incluso llegaron a despertar tanto celo que en
alguna ocasión alguien trató de matarlo con un lanzador de proyectiles de
plomo.
Luego los conciertos fueron
progresando, se presentaban en lugares cada vez más grandes, hasta que ya no cabían
en el país y tuvieron que empezar a visitar otros escenarios. Igualmente conoció a uno de sus grandes
amores: Isabel Del Valle. Extrañamente no se reportan resultados de
esta relación. Puede haber sido por
alguna regresión juvenil o edípica experimentada por Gardel, puesto que
aparentemente durante ese tiempo vivía con su madre. Pero yo sospecho que lo que pasaba era que de
tanto cantar amorosamente se había enamorado demasiado de la música, o del
amor, y eso intimidaba a las mujeres y a él mismo, y les producía un síndrome
de candidez platónica. Incluso en uno de
sus grandes esfuerzos se fue de luna de miel a España nada menos que en
compañía de Rivera de Rosas, que sería ya el non plus ultra de las mujeres
románticas, pero nada. Carlos Gardel seguía
sin asentar el corazón. Lo único bueno
es que mientras tanto, él y sus aliados iban dejando dispersas por el planeta
las canciones más apasionadas que escuchara la historia.
Descorazonado por el fracaso con
Rivera, abandonó por un tiempo la música y se refugió en casa del Príncipe de
Gales, junto con Eduardo de Windsor y otros viejos y solitarios amigos de los
tiempos de la guerra. Trabajó por varios
años en el gobierno de Francia y se dedicó a escribir libros en francés,
algunos decididamente melancólicos como “El Filo de la Espada” y “Memorias de
Esperanza”, otros de ciencia ficción como “La Armada del Futuro”, pero ya no
sabría decir si llegaron a calar muy hondo en los sentimientos de la humanidad
o si le valieron algún romance. La
verdad es que estaba abatido. Desde el
fondo de su abandono, sin poder ya recordar en qué dirección quedaba el exilio
después de tantas partidas, sabía que si algo suyo había en el mundo, eran las
canciones, y se moría por regresar a alguna parte donde pudiera fajarse un buen
tango.
Fue el mismo Razzano quien acudió
en su rescate, con un puñado de tonadas nuevas que Gardel no pudo
resistir. Ahí mismo en el castillo de
Caernarvon las cantaron hasta llorar y hacer llorar a todos, hasta al Príncipe,
hasta que pareciera que podrían cantar juntos para siempre. Y partieron de vuelta. Además Razzano le prometió hacerse cargo de
la administración de sus bienes y de su carrera artística, y le juró que no
descansaría en ayudarle a encontrar el amor de su vida, con tal de que no
dejara de cantar.
De nuevo se dedicaron a dar
conciertos por todo el mundo, en los escenarios más famosos y escuchados, en
las difusiones electromagnéticas de banda radial, en más grabaciones animadas y
corrían frenéticos de continente en continente, a través del ruido de aplausos,
de fábricas, de motores de combustión, de naves terrestres, marítimas y aéreas,
de taconeos de baile y de todo aquello en que pudieran ahogar la pasión
irremediable que bullía en la garganta de Gardel. Aunque ya hoy en día no queda mucho qué
escuchar, sí se deja entender por los registros que fueron infinidades de
canciones las que cantaron y eventos en los que participaron juntos. Entre los dos tienen que haber enamorado a
miles de millones de mujeres. Yo no entiendo ni por lo bajo qué fue lo que
salió mal.
Lo cierto es que la frustración
de Gardel llegó a tal punto que se vino trayendo por tierra su amistad con
Razzano. Se acusaron soezmente y
terminaron rompiendo todos sus contratos y sus promesas, excepto la de seguir
cantando, que esa ya no tenía freno.
Pero eso no venía a resolver nada.
Tal vez entonces fue en busca de liberar sus ansiedades que Carlos se
dedicó a buscar ocupaciones cada vez más riesgosas, como la gimnasia, los
vuelos transatlánticos en naves inestables y quién sabe qué otras cosas peores.
Así fue como llegó a poner pie en
la nave fatídica que les contaba al principio, que no pudo casi ni
despegar. Después del impacto, el avión
alzó fuego, y se dedicó ardiente a cobrar vidas: las de sus amigos, la de él… Y se murió, se murió, se murió Carlos Andrés
Zorzal Morocho José María, con todos los nombres que guardaba para sus hijos y
con sus canciones, de las que ya sólo nos queda esta entrecortada plegaria a la
nostalgia. Oigan:
…ver, con la frente marchita…
…que es un soplo la vida…
…vivir con el alma…
…tengo miedo…
Así
se despidió. En algún lugar en el
corazón del mundo, donde era de noche ese mismo día, algún otro visionario, de
piel muy oscura, que desde ya bailaba extasiado las danzas de la lluvia y el
fuego, amansó de pronto su ritmo para bajar la cabeza y atragantarse el alma
con la noticia:
—Ongong’ho kele Carlos Gardel…
ongong’ho kele.
Y luego pidió un silencio así de
grande.
Se nos fue Gardel… Se nos fue y
nos dejó sin él una soledad cósmica que ha recorrido a velocidades estelares la
historia, hasta volver a venir a darse de lágrimas y tangos perdidos con
nosotros. Escúchenme por favor, que
Elisa no me entiende. Se nos fue, y
después de tantos siglos y tantas regeneraciones, esa soledad nos sigue
llegando… a través del ruido del tiempo.
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Mauricio Ventanas |
Mauricio Ventanas (Ciudad Quesada, 1967) ha publicado lo cuentarios
Las muertes normales (1997) y Del delirio, las botellas y las flores
(2000). Varios de sus cuentos han sido
traducidos al inglés, francés e italiano, y publicados en diversas antologías
como Latido generacional 1990-2000
(Círculo de Escritores Costarricenses), Zur
Dos: Última poesía latinoamericana (Madrid, España), e Historias de nunca acabar: Antología del nuevo cuento costarricense
(Editorial Costa Rica). Medios internacionales como el World Public Library
Constortia, educActiva, El Café del Foro, Logos Library, Proyecto Sherezade y
Letralia también han incluido textos suyos. En el 2000 obtuvo el segundo lugar
en el II Concurso Literario del Tango (Argentina) con “A través del ruido”, así como el primer lugar en el concurso de
cuentos de Navidad del Proyecto Sherezade con “Nochebuena Nochevieja”, posteriormente publicado en la revista
Entorno universitario de la Universidad Autónoma de Nuevo León, México. También obtuvo el primer premio del concurso
Terra Ignota (México) con “Náufragos”.
Su cuento “Las muertes normales” fue
grabado para el proyecto leerescuchando.com
y seleccionado por la Universidad de Rennes, en Francia, para la enseñanza del
español.
[1] La guitarra era un instrumento musical
utilizado por los romances para acompañarse en sus canciones. Consistía en una caja de resonancia con un
brazo, hechos de diversos tipos de árbol, con incrustaciones en bronce, acero y
marfil. De la caja de resonancia se
ataban varias cuerdas de tripas de gato hasta el extremo libre del brazo y se
tensaban con un mecanismo de engranes y perillas. Las cuerdas se hacían vibrar golpeándolas con
los dedos, con espinas de zarza o con arcos de pelo de caballo. A pesar de que su interpretación requería una
destreza excepcional, me parece que no sonaba tan mal y producía un rango de
sonidos más o menos armónicos.
Actualmente lo más parecido en forma a una guitarra es la Estación Tundera
en Argmagovia, además del ejemplar supuestamente genuino que se conserva en el
Museo Bergovitz.
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