20/5/11

El Observador de Aves - César Matamoros



El observador de aves
  
Su primera intención era esa exactamente, observar aves, compró además del telescopio y los binoculares, una pequeña guía de observación de aves que incluía un cuadernillo de apuntar.

Salió de la tienda viendo el cielo, pero encontró su primer problema, él vivía en plena ciudad. Cuando leyó aquel artículo sobre las propiedades de la ornitología amateur contra el estrés no tomó en cuenta que los pocos pájaros que había cerca de su casa eran ya difíciles de reconocer entre tanto tizne y humo, eso sin embargo no lo desalentó, puso con entusiasmo su telescopio en su pequeño trípode junto a la ventana y con los binoculares colgados al cuello se sentó a esperar.

Su ventana quedaba alta, lejos de la calle y el gentío, la vista desde ahí estaba parcialmente tapada por otro edificio similar al suyo también de apartamentos, tenía un poco de vista a un parque cercano y era precisamente ahí donde apuntaba con su telescopio.

Luego de un rato de espera un alboroto lo alertó y tan rápido como pudo enfocó el lente, ahí estaba como posando en la parte alta de un poste de luz su primera ave, con desatino buscó su libreta y el librillo guía, comparó las diminutas imágenes con la viva que veía en el lente y cuando la encontró escribió en su libreta:

“13:11 - Parque - Paloma Bravía (Columba livia)”

Poco después vio otra:

“13:21 – Parque – Zanate (Quiscalus mexicanus)”

Satisfecho con su avance se reclinó en su asiento y buscó más aves que espiar en sus quehaceres diarios. Largas comenzaron a hacerse las horas y su lista solo incluía además de las terrosas palomas lo que logró reconocer como una Guacamaya (Ara chloroptera) que probablemente se escapó de alguna casa. Siguieron pasando las horas en blanco, el nuevo pasatiempo comenzaba a ser aburrido. En más de una ocasión estuvo tentado a hacer trampa y escoger algún ave de las del libro y ponerla como avistada, pero desistió, más por vergüenza que por honestidad.

-Que aburrido- bufó y comenzó a mirar su cuarto a través de los binoculares, todo se veía enorme, veía con todo detalle la ropa interior sucia olvidada en la cama. Leyó las contraindicaciones de una caja de cigarrillos que estaba tirada al otro lado del cuarto, siguió una fila de hormigas que trepaba la pared hasta perderse en una grieta.

Tomó despreocupadamente el libro de aves y trato de ver cuánto podía leer a través del lente sin marearse. Puso el libro abierto en su regazo y en una página al azar leyó “para avistamientos en la ciudad es recomendable mirar hacia las cornisas, salientes y ventanas altas ya que son lugares ideales para anidar…”. No terminó de leer, automáticamente apuntó sus binoculares al edificio del frente y comenzó a examinar con detalle su morfología, no habían muchas salientes salvo unas pequeñas bajo ciertas ventanas, comenzó a aburrirse de nuevo y estuvo a punto de dejar todo de lado y hacer algo más pero algo llamó su atención, hubo un avistamiento, fue algo fugaz pero estaba seguro de haber visto algo, enfocó con cuidado y prestando mucha atención. Ahí estaba otra vez, dio un salto, era hermosa como ninguna ave retratada en el librillo de guía, se movía con gracia a pesar de que parecía estar en cautiverio, su corazón se le subió a la boca y se le hacía difícil respirar, apartó la mirada en un espasmo de pudor pero la tentación lo hizo suyo y volvió a mirar.

Era maravilloso verla sin ser visto, un ave de tal belleza no debería ser perturbada, olvidó por completo el librillo y se entregó a observarla sin tapujos. Su mirada no era estática, seguía la desnudez de su objetivo mientras ésta revoloteaba en su jaula traslúcida, hacía de vez en cuando algunos enfoques y acercamientos obscenos pero en general la veía en su ambiente con un enfoque amplio. Se movió con ella, se rió con ella, estuvo con ella y todo sin ella saberlo, eso era lo bello de su relación que comenzaba.

Los días fuera de casa comenzaron a sentirse como una tortura, la rutina que tan cómodamente había guiado sus pasos era ahora una espera inacabable, unas ansias capaces de carcomer hasta el acero, siempre tenía sed de ver más. El camino diario a casa se convirtió también en una carrera en la cual solo había descansó frente a la ventana aquella y a través del lente de aumento.

No era siempre a la misma hora, pero aquella ave exótica siempre tenía por lo menos un par de minutos que dedicarle a su ansioso fanático, ya fuera trinando por ahí con otras aves de menor belleza o tal vez posada en la ventana con la mirada perdida y un cigarrillo en la mano.

Él la miraba con adoración todas las noches mientras su metamórfico plumaje multicolor caía al suelo, la miraba mientras esponjaba su nido y al final se despedía de ella con un beso mientras la penumbra la engullía.

El librillo de aves quedó olvidado debajo de la cama, pues hacía días ya que él se había dado por vencido en tratar de encontrar el nombre de aquella exotiquísima aparición. Era como una mezcla de todas, la gracia de una y la delicadez de otra, el tenue matiz de aquella con el dulce volar de esta. Sea lo que fuese, él no lograba atinar a la razón que lo mantenía pensando en ella cuando no la estaba viendo. Su relación era perfecta, él la adorada de lejos y sentía en las entrañas algo magnético que jalaba hacía ella, ella era todo, ella se dejaba ver con transparencia, no se guardaba nada.

Él se hizo adicto a ella, y el tiempo pasó sólo aumentando su necesidad de ella, compartían todo hasta que un día frente al lente notó algo y pensó - Algo anda mal - ese día que parecía ser uno cualquiera se convirtió en una extrema angustia para él, su ave no estaba bien, se veía descolorida y la resonante picardía que era dueña de su mirada ya no lo era más, una extraña melancolía se había apropiado del lugar. ¿Qué le puede haber pasado?, él la miraba y se comía las uñas sintiéndose impotente, ella sólo tenía ojos para la luna y se envolvía a sí misma en humo de cigarrillos, la humedad que bajaba de su mirada hacía crecer en él como un hongo la desesperación y la impotencia. Durante días él languideció junto a ella, sin poder hacer nada, la situación iba de mal en peor, todo lo demás dejó de existir, él trataba de hablar con ella pero no parecía ser escuchado, su ave arcoíris lentamente se desvanecía en un mundo de blanco y negro.

Con el afán de alegrar un poco a su ave, él había comenzado a ponerle música, tomaba su vieja grabadora y apoyada contra la ventana abierta dejaba que se chorrearan las notas de cualquier disco que encontrara. El primer día que lo hizo notó en ella una reacción, parecía buscar la fuente del sonido pero desistió y continuó luego viendo el cielo como si la música no estuviera ahí, sin embargo él no renunció a su intento.

Hora tras hora él veía su belleza desaparecer, hasta el color intenso de sus labios parecía haber sido robado, ¿Cómo puede alguien, ser tan amado por otra persona y estar tan triste? La angustia lo carcomía y no había nada que él pudiera hacer. Fue entonces cuando comenzó a preguntarse si debía romper las reglas del observador de aves, se preguntaba si sería necesario perturbar su ambiente e intervenir.

Más tiempo pasó y él se sentía como un niño, después de mucho pensarlo había tomado la decisión de hacerlo, estaba muy preocupado por su ave, y necesitaba hacer algo cuanto antes, pero ahora que estaba frente a la entrada del edificio no se atrevía a entrar, veía a la gente salir y entrar con una facilidad extraordinaria, pero para él era muy difícil, se quedó un rato ahí de pie con las manos sudorosas, reuniendo el valor hasta que, como una exhalación y casi inconscientemente se dejó ir a través del hueco de la puerta, debió llevar unos bríos exagerados ya que una que otra persona lo miró extrañado, pero ellos no entendían que su misión era de rescate, cada uno de sus pasos de ahora en adelante era de vital importancia.

Había contado con precisión los pisos y las ventanas con su telescopio y una vez dentro vio que el edificio no era tan complicado y tenía la certeza de que esa puerta que tenía en frente era la puerta que aprisionaba a su hermosa ave, tocó, casi rozando la madera, produciendo un pequeño ruido, luego silencio. Estaba a punto de irse cuando la puerta se abrió, su corazón dio un salto, ella estaba ahí en tamaño completo, asomada por la abertura de la puerta con expresión vacía, si no fuera porque se movía y respiraba él habría jurado que estaba tallada en mármol. Se quedaron un minuto mirándose a los ojos, sin decir nada, él estaba maravillado, silenciado por tanta belleza, su ave, a pesar de la situación conservaba una apariencia etérea y fría. Ella despareció sin decir nada detrás de la puerta pero contrario a lo que él hubiera esperado, no cerró, dejó la puerta abierta como una invitación, él haciendo acopio todo su atrevimiento empujó la puerta y se hizo camino a través de lo que parecía una sala de estar. Ella se había acomodado nuevamente en su ventana cerrada y miraba afuera con la languidez que ahora la poseía, él a pesar de verla tan bella, no la consideraba más que un débil espectro de lo que era antes.

- Estás triste – dijo él con voz quebrada, como si llevara mil años sin hablar - ¿Por qué?

 Al escuchar esto ella se crispó por completo como si le hubieran clavado una aguja en la planta del pie, aun así no apartó la mirada del cielo, poco a poco se fue relajando y él tomo asiento cerca de ella, no sabía que más decir, aquello era lo único que se le había ocurrido, cualquier otra cosa dicha hubiera sido andarse por las ramas.

Ella con la mirada perdida en el cielo y el con la suya perdida en la blanca piel de sus hombros, era difícil contener ese impulso que sentía, era como si todas sus entrañas quisieran saltar sobre ella, y hacerla suya, su ave, tenerla por siempre y pasar las largas horas vespertinas mirándola en su jaula. Él se levantó y se acercó a la ventana, desde ahí podía ver la de su cuarto, no era fácil identificarla, estaba perdida en un mar de ventanas iguales.

 - Me voy, si necesitas algo… - dijo él pero se detuvo a media frase, giró sobre sus talones y buscó la puerta de salida.

 - ¿Eres el de la música? – dijo ella sin mirarlo, su voz también sonó quebrada, más como un graznido áspero, no era precisamente lo que él se imaginaba, él se detuvo y la miró, en esa pregunta no había ningún rastro de gratitud, ni de repulsión, nada, en ella no había nada, así que sin responder se marchó.

 Caminó desanimado de vuelta a su casa, no hizo nada de lo que tenía planeado, quería convencerla de que hay alguien que la ama, alguien que no duerme si ella no duerme, que no respira si ella no lo hace también. Arrastró los pies por las escaleras de su edificio y se sentía miserable, fracasado, se preguntaba si sería buena idea seguir visitándola, tal vez en una de esas encuentre el valor para atraparla.

 El descuido en que había caído su entorno era transparente para él, no existía nada que no estuviera fuera de ese tubo metálico con cristal que utilizaba para verla, tomó un largo suspiro y asomó un ojo por el lente, era extraño verla de nuevo por el telescopio luego de haber estado tan cerca de ella, pero esta vez había algo diferente,

ella estaba ahí en la misma posición de siempre, sin embargo la ventana estaba abierta y el humo de su cigarrillo se escapaba con el viento, extrañado inspeccionó la escena y notó un movimiento, ella ya no miraba al cielo, sino que parecía buscar algo con la mirada, divagó por un momento como contando ventana por ventana hasta que clavó los ojos en los de él, fue intenso, él se sobresaltó y se sintió complacido, pero aquello no era todo, los cambios seguían, ahora ella sonreía, él sintió su corazón estallar de emoción esa inconfundible curva en sus labios era para él un alivio, un ungüento sobre la herida. Se levantó lentamente para devolverle la mirada con el ojo desnudo pero el movimiento que comenzó cauteloso terminó siendo violento, pues antes de que él estuviera totalmente de pie, ella al borde de la ventana abierta decidió entregarse al vuelo.

Todo pasó muy lento, su ave estaba ahora en el aire, se iba a escapar, en la habitación de él todo fue caos, su silla voló a través de la pieza y el telescopio se rompió contra el suelo en una multitud de microprismas que desfragmentaron la luz en arcoíris diminutos, los fragmentos de telescopio hicieron una fiesta de cristal mezclándose con los de la ventana rota, eran todos espejos y en sus pequeños reflejos se podía ver un él, también en el aire, el cabello arremolinado y la mirada fija en su ave que volaba ya muy cerca del suelo. Él no tuvo tiempo de pensar, en la desesperación del momento sólo se le ocurrió seguirla y lanzarse en vuelo junto a ella, prefirió eso a dejar que se escape y perderla para siempre.
Heredia, Noviembre 2009



César Matamoros. 1983. Estudió Publicidad con énfasis en Creatividad.

Su obra está inédita, actualmente trabaja en dos proyectos, una novela en fase de revisión y un cuentario en proceso de donde sale la presente entrega.

Visite su Blog: Somniloquia y A veces Despierto



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