25/11/11

Juan Ramón Rojas - La madre












La Convocatoria Permanente de Narrativa, quiere destacar también las nuevas obras que se están publicando, de esta manera, ofrecer al lector una primicia y una motivación para adquirir el texto completo. De la misma manera, invitamos a los autores y las editoriales, para participar en este espacio, dando a conocer una pequeña muestra de sus obras en narrativas que recién ven la luz. 

Esta semana, el narrador invitado es Juan Ramón Rojas, con el cuento La madre de su libro de cuentos Este Gris Laberinto. Ediciones Uruk. 2011. El cual ya está disponible en las principales librerías del país.




La madre


 La despertó sobresaltada el llanto suplicante de su hijo, quien se movía inquieto, a su lado, en su rústica cama de tablas y un viejo colchón. Habría dormido apenas un par de horas desde que cayó vencida por el cansancio. Desconocía la hora exacta, pero calculó que estaba bien entrada la madrugada. Afuera soplaba una brisa helada, que se colaba por entre las rendijas de las paredes de tablones.

Palpó la frente encendida y las mejillas sudorosas con el dorso de su mano de madre. Confirmó que ardía en la fiebre que padecía desde hacía varios días, sin que nada le bajara la calentura. La torturaban aquellas pupilas vidriosas, su mira­da perdida, el rostro inexpresivo, el balbuceo de palabras ininteligibles.

No lo pensó más. Se alistó rápidamente y poco después caminaba con toda su energía con el niño de tres años a la es­palda, rumbo al puesto de salud pública del pueblo más cer­cano, en busca del médico que lo atendiera de urgencia y lo pudiera salvar.

La madrugada estaba fría y húmeda, pero su cuerpo, de­rrochando vitalidad, parecía insensible a las adversidades. Por trillos escabrosos, caminó horas cobijada por la impene­trable oscuridad de la noche, la compañía de los ruidos noc­turnos, el murmullo del agua en los riachuelos que se desliza­ban ruidosos en pequeñas cascadas y el viento que movía cadenciosas las altas copas de los árboles como si fueran gi­gantescos fantasmas en la oscuridad.

No escapaba del temor a ser sorprendida por una tercio­pelo que se hubiera quedado agazapada en la estrecha vereda que se abría paso entre la tupida vegetación. Una mordedura acabaría con su vida y el sueño de ver crecer sano a su hijo.

Atrás iba quedando El Progreso, como caprichosamente se llamaba el lugar donde tenía su desvencijada casa, en una remotísima reserva indígena alejada de todos los servicios bási­cos. Más que un pueblo, era un lugar con unas pocas casas des­perdigadas en el regazo de una montaña, que se comunicaban entre si por caminos intransitables en algunas épocas del año, igual al que la que la llevaría en busca del médico.

Caminó toda la madrugada sufriendo, en su corazón, el llanto intermitente y la respiración agitada del hijo, el calor de la fiebre y el copioso sudor que bañaba ambos cuerpos co­brizos. Horas después, divisó, por el este, las señales de una aurora cercana. No había sentido el camino. Luego los pri­meros rayos de un sol tibio comenzaron a invadir todo el en­torno y a derretir los gigantescos bancos de neblina que arro­paban las hondonadas y las cimas del bosque. El sol calentó y comenzó a sentir con dureza el calor. Con la luz del día y tra­tando de ignorar el cansancio que empezaba a negarle las fuerzas, trató de apurar el paso. Estaba cerca de la meta. A la lejanía, escuchó un perro ladrar solitario.

Eran casi las nueve de la mañana cuando divisó a la dis­tancia un escampado. Allí estaba el pueblo al cual se dirigía, un caserío de pocas viviendas pobres, la mayoría de madera con techos de paja y paredes despintadas de madera. Divisó el modesto inmueble donde se alojaba el puesto de salud pú­blica. Lo observó con un sentimiento de esperanza. Sintió humedecer sus ojos. Tenía la garanta seca y creía que no po­dría hablar, pero su corazón comenzó a palpitar con una vita­lidad tan fuerte que ignoraba la fatiga. Respiró hondo y se dijo que faltaba lo menos. Ya casi lo lograba. Atravesó el humilde caserío con paso firme con las pocas fuerzas que le restaban.

En el puesto de salud entregaría al niño en manos de la ciencia moderna, lo cual le provocaba un gran alivio. Le su­plicaría a los médicos, por favor, sálvenlo, que es todo lo que tengo, es la razón de mi vida. Ustedes son la única esperanza para que continúe viviendo, para verlo crecer entre estos montes, entre las siembras de maíz, de frijol, de cacao, como lo había hecho ella toda la vida y como lo hicieron sus pa­dres, para sobrevivir.

Estaba segura que los médicos no la defraudarían. Apli­carían toda su sabiduría adquirida en buenas universidades de la capital y del exterior, todo su conocimiento. Harían hasta lo imposible por preservar una vida que recién comen­zaba abriéndose paso entre las adversidades y que también era su propia existencia.

Ya sin fuerzas, al punto del desfallecimiento, con todo su cuerpo empapado en un frío sudor, recurriendo apenas a la energía que le daba su instinto materno, midiendo la dis­tancia, contando los pasos, avanzó con la vista fija en la tierra escabrosa que trituraba con sus gastadas botas de hule, pen­sando que pronto alzaría la mirada y tendría el edificio al alcance de su mano.

Al fin llegó. Lo vio cerrado, impenetrable. Un letrero en la puerta de madera, como si estuviera escrito sobre una lápi­da, la impactó como una desgarradora premonición. Con di­ficultad pudo deletrear: "Hoy no habrá atención al público. Regrese mañana." Con sus labios, palpó la frente sudorosa del niño que continuaba ardiendo en calentura.



 Juan Ramón de las Piedades Rojas. Nació en Cuipilapa de Bagaces, Guanacaste, el día 09 de agosto de 1951. Se trasladó a San José y realizó la secundaria. Luego ingresó en la Universidad de Costa Rica donde obtuvo la especialidad en Periodismo. Durante algún tiempo laboró como redactor del periódico el Semanario Universidad. Comenzó a laborar con la agencia de noticias EFE o ACAN-EFE (como quiera llamársele), a principios de los 80, en San José. Luego lo hizo en otros países centroamericanos, incluyendo en El Salvador a finales de los ochenta, de donde regresó a San José a principios de los noventa. Como corresponsal en El Salvador, cubrió la guerra civil (1980-1992) entre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y el Gobierno. La novela Desertor (Uruk Editores 2009), se desarrolla precisamente durante este conflicto bélico. Es la historia de un guerrillero desencantado que busca abandonar las armas y hacer vida civil al lado de un amor pasional que lo ha perseguido durante muchos años. En el 2011 publica Este gris laberinto, con Ediciones Uruk, del que pertenece el cuento La Madre, que nos honra publicar en la Convocatoria Permanente de Narrativa.

Aquí puede descargar en formato pdf: Juan Ramón Rojas - La Madre

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