24/2/12

Rafael Romero - La Diferencia



Ilustración de Carter McFall

La Diferencia


Cuando Pilar cerró la puerta y vio las llaves en sus manos, sacudió la cabeza y resopló temiendo que Ramón, el dueño del 3C, tuviera otras intenciones. Cruzó el salón, fue a su cuarto, sacó su diario, tomó su pluma estilográfica y se sentó en la cama.

13 de junio, 9:48 horas. Visitas inesperadas.

Me ha visitado un septuagenario, vecino de esta finca, a quien sólo he saludado tres o cuatro veces este año. Este primate sabe que soy una hembra sola, que el dueño de mi vida ha muerto y que mi retoño padece un mal terrible. Su repentina visita a mi hogar me desconcierta. ¿Qué pretende al confiarme a mí las llaves de su piso? ¿Querrá algo más? Bien, intentaré dejar que mi mente se relaje hasta nuevo aviso para evitar así caer en suposiciones poco o nada agradables.

El 3C llevaba más de cinco años desocupado. Ramón, que lo había heredado de sus padres, no había podido reformarlo nunca. Arruinado y endeudado, sólo pudo hacer lo mínimo para que se conservara decentemente, pero no para habitarlo. Una vez al mes venía y le echaba un vistazo, pero últimamente, aquejado por una serie de enfermedades propias de la edad, a duras penas se le veía. Aquel día había llegado para hablar con el presidente de la comunidad —un tipo ramplón, apático y solitario que parecía invernar durante semanas y no atender a nadie, independientemente del día y la hora—, pero no lo había encontrado. Su intención era dejarle unas llaves a él, puesto que cada vez se le dificultaba más venir y estar al tanto de cualquier imprevisto, el mal funcionamiento de las tuberías o de la corriente eléctrica, por ejemplo.

Ramón, que conocía a Pilar de vista y que intuía que una persona fiable, quizás por su timidez o porque la veía como a una mujer cándida y amable, había decido pedirle el favor a ella. Con esa imagen de ojos vidriosos, labios resecos y rostro pálido y delgado, que pocas veces había visto tan de cerca, Pilar escribió una última frase en su diario, lo cerró y lo guardó debajo de su almohada. Vio la hora. Las diez y cuarto de la mañana. El momento idóneo para sentirse creativa y productiva. Volvió al salón, a su máquina de coser, quitó algunos pliegos de tela de encima, se sentó y trabajó en algunos encargos pendientes. A través de una ventana que daba a un patio interno, se filtraban melodías y ritmos latinos, acompañadas de gritos, voces y algún ladrido. Lo que a cualquiera le habría molestado, a ella le parecía una muestra de que, a pesar de los baches de la vida, siempre había gente que se tomaba todo con alegría.

Modista empírica, Pilar vestía a muchas de las señoras y abuelas de la finca. Sus diseños, sobrios y muy básicos, también eran comprados por otras conocidas del barrio. Para Pilar no sólo era una forma de ganarse la vida, si no una manera de hacer arte. De cualquier forma, los vestidos y la pensión de viudedad le servían para ir tirando. Se había convertido en una mujer austera, de su casa, ajena a gastos innecesarios. Con una sonrisa casi perpetua, se entretenía y se esmeraba cosiendo y confeccionando. Sin embargo, no era esta tarea la que satisfacía del todo su espíritu. Pilar también escribía.

Después de la muerte de su marido, le habían recomendado que buscara formas de drenar su pesar, de desahogarse. Se apuntó a un taller de escritura creativa que, debido a la poca profesionalidad de su profesor, decidió abandonar después del primer mes. Algo aprendió, sin embargo. Se sintió identificada y muy a gusto con la idea de la literatura epistolar, que luego descartó por no tener con quién cartearse, pero conservó la de los diarios, como el de Ana Frank, por quien llegó sentir tanto aprecio que alguna mañana despertó creyendo que se trataba de una hermana lejana, de una hija desaparecida, de una madre olvidada, de alguien tan íntimamente ligado a ella.

De ahí que su diario fuera algo fundamental para colmar de paz su espíritu. La mayoría de veces escribía lo poco que le ocurría, aunque también es verdad que alguna vez cayó en el juego de la ficción, sin darse cuenta, sobre todo los lunes, que solía despertar de largos sueños y era capaz de acordarse a cabalidad lo que había soñado. Empleaba palabras rebuscadas porque entendía que así era como se escribían los libros. No decía manos, decía extremidades. No decía espalda, sino costado. Su idea era simple. Lo tenía claro: escribir un diario, lo más voluminoso y detallado posible, y vendérselo a una editorial por una cantidad decente que les permitiera a ella y a su hijo afrontar de una mejor manera las vicisitudes.

Y la mayor de ellas era precisamente Manuel, su hijo, un chaval de veintidós años afectado por una retinopatía diabética que lo estaba dejando prácticamente ciego.



22 de Mayo, 9:20 horas. Triste onomástico.

Manu, retoño de mi corazón, acaba de cumplir 19 y, según los diagnósticos médicos, sufre Diabetes Mellitus Tipo 1. El solo nombre me produce arcadas. Su madre, todavía en pañales, metafóricamente hablando, sigue sin entender nada de esta vida. ¿Por qué? ¿Lo sabes tú, lector?

Las largas esperas en la lista de la Seguridad Social y los altos costes de las clínicas privadas empeoraban el panorama. Con los días, el deterioro en sus retinas era cada vez más evidente. Manchas negras y espesas plagaban su visión y lo obligaban a evitar el trabajo, los amigos, la calle. Manuel odiaba a su madre. No podía con su pasividad ni con su optimismo. Siempre la había tomado por una mujer mediocre e ilusa. Malogrado, deprimido y carente de ánimos para esperar alguna mejoría, había elegido la reclusión, el auto-desahucio, la muerte.

Antes de las doce del mediodía, Pilar entró en la habitación de su hijo con la bandeja de la merienda. El chaval estaba hundido entre una montaña de almohadas, con un mp3 enchufado a los oídos. La mayor parte del tiempo dormía o se sentaba frente a la ventana. La misma ventana por donde había lanzado a su caniche por sentirse tan inútil e incapaz para sacarlo a pasear y no poder evitar tropezar con la gente, las señalizaciones, las aceras, los coches aparcados y los escalones. Ungido por el desdén y el odio, Manuel se conformaba con esperar y echaba mano de Def Con Dos, King Crimson, Dream Theater, Mr. Bungle, Faith No More, Fantomas, Primus para hacer más fácil la espera, más llevable.

Su madre dejó la bandeja en la mesita de noche y fue hacia la ventana. Corrió las cortinas. Por el cristal se veía una pared gris de hormigón y trozos de madera podrida. Manuel sólo veía una especie de gran tachón, un ectoplasma. Cuando se disponía a volver a la bandeja, vio cómo su hijo alzaba su bastón y lo estrellaba contra la mesita de noche, esparciendo con violencia el tazón de té y mandando al suelo los bollos, la cazuelita con fruta y las pastillas. Pilar intentó decir algo, pero él no quiso escucharla. La amenazó. Le dijo que si se acercaba la atizaba, que lo dejara en paz, que se largara. Aquel cuerpo casi inerte. Aquella masa blanda y dilatada hablaba. Hablaba e imponía. La luz que entraba por la ventaba se posaba en su rostro sudoroso y descompuesto.

Salió de allí sintiéndose inútil y disminuida. Se dejó caer de bruces en el sofá y no pudo evitar el llanto. Desde la habitación, su hijo le chillaba:

—¡Baaah! ¡Coño con la Magdalena! ¡Pareces una puta cría!

Cosas así. O peores. Luego de desahogarse, se sentó, se limpió la cara con las mangas de su bata y se quedó ahí, sin moverse, concentrándose en una de las figuritas del papel pintado del salón: un unicornio pastando a la orilla de un arroyo. Entonces tuvo una especie de revelación. Fue un minuto, o un par de minutos en los que sopesó todas las desgracias por las que había pasado y sintió coger fuerzas y determinación para encontrar, finalmente, una salida. Los dos días siguientes le sirvieron para convencerse de que tenía que intentarlo, de que tenía que hacer algo. Ya no importaba tanto el hecho de fracasar, sino el de intentarlo. Una vez más, las veces que hiciera falta. Tenía 58 años. Estaba saludable. Podía y debía sacrificarse. Intentó darle la buena nueva a su hijo, pero éste, como las veces anteriores, no quiso saber nada. Esta vez Pilar no lloró ni se sintió mal, sino todo lo contrario. Se sintió fortalecida.

El sábado de esa semana salió de la ducha sintiéndose otra, se puso un poco de perfume, se vistió como cuando iba al teatro con su marido, bajó dos plantas y llamó al 1D. Insistió. El ojo que se pegó a la mirilla no podía salir de su asombro. Apurándose a cerrar la puerta de su habitación y del estudio, de ponerse unos pantalones, de apagar el portátil y de rociar un poco de ambientador en el salón, corrió y abrió la puerta.

—Buenas, Pilar, qué sorpresa, eh… eh…, pasa, pasa —le dijo, haciéndole una seña con una mano para que entrara y pasándose la otra por el pelo.

Los ojos de Pilar se perdieron en una atmósfera de claroscuros. Una sola lámpara encendida. Cuadros, grandes cuadros en las paredes. Libros y objetos por todas partes. Un amplio sofá de cuero. Ceniceros repletos de colillas. Revistas, vasos, bolsas de comida.

—No esperaba a nadie, lo siento —se excusó el presidente de la comunidad.

Pilar dijo que no pasaba nada, que su hogar parecía cómodo y agradable. Él sonrió y le pidió que se sentara. Se sentaron y, luego de dos o tres frases de rigor en el inicio de toda conversación, Pilar fue al grano. Quería saber más de aquella proposición, de lo que habían hablado unos días después de la muerte de su marido, hacía un par de años.

—Fotos, me acuerdo que usted mencionó algo de una sesión de fotos. ¿Qué tipo de fotos exactamente?

Él, que no se imaginaba que Pilar hubiese ido a verle por ese motivo, tosió y trató de armar en su cabeza la explicación que daría a continuación, especialmente para convencer a Pilar y no para ahuyentarla. Era su oportunidad. Observó el rostro pulcro de Pilar, natural, sin una pizca de maquillaje y sintió cómo empezaban a sudarle las manos. Nada de cagarla, pensó.

—Eh… sí, Pilar, fotos. Se paga muy bien, ¿sabes? No quise decírtelo así aquella vez, te pido disculpas. Te vi y no pude evitarlo. Pero te soy sincero, sé que hay miles de tíos que… pagarían por verte… es decir, tú eres… joder, eres muy bella, Pilar, y...

—¿Como a las actrices?

—Eh… sí, bueno, sí, como a las actrices, sólo que… bueno, tendría que ser más bien con poca ropa o… sin ella… —dijo, con cierta solemnidad y apresurándose a recalcar—: ¡sólo por verte! Incluso, tratándose de ti, el pago sería por adelantado.

Él intentó fijar su mirada en la de Pilar. Ella la evitó y suspiró incómodamente.

—¿En serio? ¿Yo? Bueno, es que verá…

—¡Hoy mismo, Pilar, hoy mismo! Te doy el primer pago, si quieres, y bueno, te lo piensas y vamos viendo cómo organizarnos, sin prisas, ¿te parece?

—Pero es que… ¿Yo? ¿En paños menores? —habló mientras él se ponía de pie, abría un cajón y rebuscaba entre papeles y sobres.

Pilar no se imaginaba posando desnuda, pero pensaba en su hijo y si eran sólo unas fotos, qué más daba, en el fondo, no parecía nada de otro mundo. Aún no podía entender que a su edad, su cuerpo fuese objeto de deseo. Le parecía una idea surrealista, exagerada. Mientras hablaban, él se encargó de que entendiera la diferencia. Sí, había una diferencia. La diferencia consistía en los vientres abultados, la celulitis, las varices, los tobillos gordos, las callosidades, la calvicie, los michelines, las arrugas, las canas, las papadas, las bolsas debajo de los ojos, los culos deformes, las pechos caídos, la flacidez, la grasa de más, los lunares, el bigotillo, las verrugas que la mayoría de mujeres y madres de su edad tenían y ella simple y sencillamente no. Excepto unas casi imperceptibles patas de gallo y un poco de piel extra en su cuello, su cuerpo era perfecto. Sus rasgos eran de una mujer madura, pero nada parecía indicar vejez, deterioro.

El tiempo había pasado sin dejar huella y había que estar ciego para no darse cuenta. Cualquiera, en una situación un tanto comprometedora o incómoda, tendría la boca seca, sudaría, tartamudearía por los nervios; ella seguía intacta. Su metabolismo y su cuerpo eran envidiables. La diferencia entre Pilar y las celebridades entradas en años e inmortalizadas por la prensa del corazón y por la fama eran las operaciones, los regímenes, los ejercicios, los tratamientos, los embustes del Photoshop y el maquillaje, esos productos de belleza de alta gama, carísimos. Ella nunca había necesitado nada de eso. Se había conservado, a pesar del embarazo de Manuel, a pesar de entregarle sus mejores años.

—No soy tonta, presidente —habló a la vez que rechazaba el vaso de leche que ella misma le había pedido—. Usted no es mi tipo. Además, no tengo contemplado entregarle mi flor a ningún primate ni tampoco… —y siguió explicando sus negativas, como si lo estuviese escribiendo en su diario. Le contó del acoso sexual en los trabajos que había tenido. Sus jefes, sus compañeros, sus primos lejanos. No respetaban el anillo de casada ni su falta de interés en conversaciones salidas de tono. Estaba harta.

Él la escuchó, fingió comprensión y luego la interrumpió para decirle dos cosas: que no quería acostarse con ella y que se trataba de un negocio, nada más, como vender tabaco en un estanco o construir casas.

—Mira mi piso —le dijo—, ¿no notas la diferencia?

Con mil euros en metálico de adelanto sobre la mesa del salón y un repaso de lo que Pilar estaría dispuesta a hacer y no hacer, llegaron a un acuerdo. El piso de Ramón estaba disponible y ella tenía las llaves. ¿Acaso los presidentes no entreveían el futuro?

—Yo me encargo de todo —le dijo, entregándole el sobre—, conozco el horario de entrada y salida de los vecinos, créeme.

Limpiaría y acondicionaría. Instalaría cámaras, algunos focos y trabajarían tres días por la mañana. Mi retoño verá la luz, por fin, pensó Pilar la noche antes de su primer día de trabajo, desnuda, sobre su cama, reconociendo su cuerpo, intentando hacerse a la idea de que, además de un templo (así lo veía ella), era carne. Por la mañana, sin embargo, cuando cruzó la puerta del 3C y él se atrevió a darle dos besos de saludo, supo que aquello iba más allá de unas simples fotos y ya no pudo, o ya no quiso echarse para atrás.



Rafael Romero. Aunque reside en Madrid, nació en Guatemala, en 1978. Su tesis Léxico, identidad e ideología guatemalteca en La Puerta del Cielo y otras puertas, de Luis de Lión, con la cual obtuvo la Licenciatura en Letras (USAC) recibió el grado honorífico de Cum Laude. Ha realizado estudios de Narrativa en la Escuela de Letras de Madrid y sus textos han aparecido en revistas como La Ermita, Luna Park, Las afinidades electivas, Letralia, Literatura libre, Culturamas, Almiar, El coloquio de los perros, Impracabeza, entre otras. Creador de la revista Te prometo anarquía en donde recoge propuestas literarias y artísticas emergentes de Guatemala. Ha publicado la novela breve El elegido (Bukok, 2011), Génesis y encierro (Cultura, 2011), relatos, y Distensión del ansia (Alambique, 2011), poesía. Sus poemarios Explotarás conmigo y El convoy en el que habito se desplaza entre tinieblas están en procesos editoriales. Este relato ha sido extraído de Lo más profundo que hay en mí está en la superficie, libro en el que trabaja actualmente. Sus blogs: Epifanía doméstica de la nostalgia pura y Catecismo.

Aquí puede descargar en formato pdf: La Diferencia de Rafael Romero

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