4/11/16

¿Y qué es lo que quiso decir el autor?



“¿Y qué es lo que quiso decir el autor?” Recuerdo esta pregunta en mis años de secundaria, cuando había que aplicar exámenes, el profesor citaba un texto de los que había que leer durante el curso lectivo y venía la angustiosa pregunta.

Desde luego yo no tenía la menor idea de “lo que el autor quería decir”, fuera un poema, un cuento o una novela, afortunadamente ya existía una respuesta prefabricada brindada por el profesor que, si estabas al día con la materia y habías estudiado un poco, podías transcribir en el examen y ganarte los puntos.

Desde luego que no importaba si coincidías o no con “eso que se supone el autor quiso decir”, y menos importaba si el texto te decía otra cosa. Realmente el texto era lo de menos, apenas un vehículo para transportar “lo que el autor quería decir”.

Desde la educación formal se ha castrado al estudiante-lector su capacidad y voluntad de interactuar con el texto, de cuestionarlo, de dialogar con él, de emitir juicio sobre él y sentido, pues a priori, ya existe un sentido único que es “eso que el autor quiso decir”.

Pero es posible “que eso que el autor quiso decir” no nos interese, o que por esa maravillosa cualidad polisémica del lenguaje y por el tiempo y espacio transcurridos por el texto el lector sea más bien, en una acción creativa y comprometida quien de sentido y haga hablar al texto.

El texto como vehículo, es decir como transportador de un mensaje, o sea, en su funcionalidad, existe, y claro que “el autor quiere decir algo”, digamos por ejemplo un Manual de instrucciones de una lavadora, el autor quiere explicarnos cómo aprovechar y hacer uso adecuado de tan necesario electrodoméstico, el texto es solo un vehículo para transmitir ese mensaje. Pero, cuando hablamos de literatura, el texto deja de ser únicamente un medio para que “el autor diga algo”, el lector se enfrenta al texto, no con el autor, el vehículo es ahora la subjetividad, la experiencia, el saber y las expectativas del lector quien emite juicio y sentencia sobre lo que el texto le dice, y del valor y el sentido que el lector le asigna al texto.

Lo contrario, es decir, que existe un sentido original, precediendo la lectura, eso implica la petrificación del sentido, si los textos son “lo que el autor quiso decir”, la literatura sería aburridísima como el manual de instrucciones de una lavadora y no le reprocharía nada a quien decida abandonarla ipso facto.

La lectura de un texto es la única manera de salvarlo de su petrificación, de su mutismo, el lector, ese que toma el texto y le da sentido, que lo hace hablar, es quien le asigna o no vigencia y relevancia a ese sentido, ni siquiera al texto, y menos al autor.

Esa lectura del texto es lo que llamamos en un sentido amplio “crítica”, la puede hacer un académico, un crítico profesional o aficionado, un chofer de bus, un colegial, su abuelita, cualquiera, la crítica sin importar que recursos más o menos sistemáticos emplee o no, la hace cualquier lector, pues la crítica es sencillamente un testimonio, una experiencia de lectura.

Como experiencia, esta no puede ser transferida, se puede compartir, se puede debatir, se puede coincidir o disentir con ella, pero no puede ser transferida, por la sencilla razón de que esa experiencia particular, le pertenece a otro. Por lo tanto, la crítica del lector, no puede ser validada o invalidada, es lo que és. Puede ser más o menos ingenua, más o menos informada, siempre intencional, parcial, de buena y de mala fe, pero no puede validarse como correcta o incorrecta, nadie habita en un pedestal por encima de los demás para decir quien lee o no correctamente un texto.

Me refiero a todo esto dado a que habría que justificar entonces si tiene derecho o no el autor para indicar cuál es el sentido final de su texto y cuáles lecturas de éste son correctas o incorrectas.

En su prólogo a la primera parte del Quijote, Cervantes indica que su propósito es ridiculizar a las novelas de caballerías. ¿Qué bueno verdad? Algo que no creo que tenga la menor vigencia ni relevancia para los lectores del siglo XXI. Sin embargo, pese al autor, es mi libro, mi lectura de él es perpetua, lo comienzo y lo termino una y otra vez, es transversal en mi vida, es mi referencia para todo lo que leo y escribo, en fin, es mi caso, mi experiencia, no tiene por qué serlo para nadie más. Las razones y sinrazones del autor son irrelevantes.

Mi lectura del Quijote, es decir, mi crítica de este, puede ser compartida, debatida, enriquecida, influida con otras lecturas particulares, es decir, por otras experiencias, la crítica solo puede ser dialógica entre lectores. De ninguna manera permitiría que otra lectura se imponga a la mía, y mucho menos permitiría la mediación del autor en ella.

Volviendo a la interrogante inicial “¿Y qué quiso decir el autor?” En realidad, la respuesta es muy sencilla: no importa. Lo que quiso decir ya está petrificado en el texto impreso y nada puede hacer para cambiarlo y tampoco puede hacer nada en el proceso dinámico y complejo de la lectura.

Toda intervención del autor es siempre estorbosa, y peor cuando interviene para explicar, aclarar o justificar sus textos, el lector no se equivoca cuando lee, el lector siempre acierta. La intervención del autor para validar o invalidar la crítica, la experiencia de lectura de un lector es inaceptable. La recepción de un texto es cosa del lector no del autor. ¿O habrá que incluir manual de instrucciones a los textos?

Nada es más patético que el autor que justifica sus textos ante una lectura desfavorable de su obra, no es más que un alarido ex tempore, igual de patético es el autor que valida solo aquellas lecturas favorables como indicativas de que fueron correctas, el lector tiene criterio, el solo sabe con qué otras lecturas dialogar, coincidir o discrepar.

Ya es lugar común de muchos poetas decir que la escritura es un acto solitario, por si no lo saben, la lectura también lo es, y también es un acto creativo, leer debería considerarse más allá de su pura funcionalidad en un arte. Por eso, para que el autor no intervenga y termine echando a perder la obra artística del lector le recomiendo los siguientes concejos a los jóvenes poetas (los viejos no tienen remedio):

1. Al lector mientras lee le molesta el ruido. Calla.
2. El lector ante el texto es un artista también.
3. El lector nunca se equivoca.
4. El lector siempre entiende, es el autor el que no se da a entender.
5. Si el lector hace una crítica favorable de tu texto es mérito del lector. Calla.
6. Si el lector hace una crítica desfavorable de tu texto es mérito del lector. Calla.
7. Si crees que tienes algo que decir de tu texto después de publicarlo, calla, perdiste la oportunidad.
8. Si te sientes incomprendido por el lector, calla, y busca psicólogo.
9. Calla siempre.


Germán Hernández.


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