24/9/11

Carolina Lozada - Los cuentos de Natalia



Existen pequeñas e íntimas alegrías, diminutos instantes que se disfrutan profundamente, son como el asombro infantil, cuando una caricia o una palabra se fijan para siempre. Hace unas semanas, mi amigo Gustavo Solórzano me avisó que tenía con él un libro de Cuentos de Carolina Lozada, que la autora me había enviado desde Venezuela.

¡Caray, qué sorpresa! Porque es el tipo de cosas que uno no espera, y en el fondo causa mucha emoción cuando sabes que alguien en algún lugar se acordó de vos y tuvo ese gesto.

A Carolina Lozada no tenemos el gusto de conocerla personalmente, tampoco hemos tenido algún intercambio literario intenso, pero desde hace más o menos un par de años me enteré de ella en su blog Tejado sin gatos , he leído la mayoría de los textos que ahí ha publicado, he dejado algunos comentarios en sus entradas y ya. Por eso es tan significativo para mí como lector recibir tan grata sorpresa.

Sobre Carolina Lozada, diremos que nació en 1974, es licenciada en letras, es miembro del grupo Las Malas Juntas y en su oficio como escritora ha sido reconocida con varios premios como El País literario (Madrid 2005), Premio nacional de literatura solar (Mérida 2007), Premio Municipal de Narrativa Oswaldo Trejo (Mérida 2006) entre otros y ha publicado Historias de mujeres y ciudades (2007), Memorias de azotea (2007) un libro sobre cine venezolano, Luis Armando Roche (2008) y el libro que ahora nos ocupa Los cuentos de Natalia, editado por Monte Avila editores en Venezuela en el 2010.

El libro comienza con una especie de proemio, Natalia un día, y casi convencionalmente sentimos que a lo mejor los cuentos girarán alrededor de esa Natalia que habita una ciudad de edificios envejecidos y autopistas atascadas y quizás sea así, cuando se lee la primera sección de cuentos La memoria que inicia con  Conversaciones en Comala, un denso y bien hilvanado relato de una mujer refiriéndose a su infancia y juventud, a un pueblo y unos parientes que podemos reconocer con  familiaridad arquetípica, y pensamos que a lo mejor es Natalia que cuenta su historia, que nos sonroja con sus detalles íntimos, que va saltando de un recuerdo a otro fluidamente; en ese sentido se trata de un cuento que a pesar de su aparente linealidad, en realidad ha sido formulado con destreza, donde un tópico o una situación surge de otra con una fluidez natural y sencilla como una enorme colcha zurcida de retazos y que abriga con su calor homogéneo.

El Río, es un relato más complejo, ahora los retazos no son tan uniformes y los hilos que lo unen son más sutiles todavía, siete relatos que al final forman una diminuta nouvelle, y otra vez Carolina Lozada nos lleva por la familiaridad del escenario de la provincia, de la endogamia, de la sequía y de la lluvia, de la migración campo-ciudad, todas cicatrices habituales en todas las latitudes y épocas de América latina; pero sobre ese andamiaje reconocible se va construyendo la singularidad de unos personajes que apenas saben nombrar lo que les pasa y lo sienten, pero vigorosamente, se caen las imágenes idílicas, y se forjan humanos más humanos, y donde la piel de las niñas huele a alcohol que no desinfecta ni limpia ni remueve las manos hirvientes, que ni la lluvia, ni la huída, ni el río, ni el olvido borran.

Pero están Las Manos, que toman conciencia de los vórtices del tiempo, del espacio de la niñez nos desplazamos hasta el otro extremo, cuando se constata que no es lo que nos rodea lo que ha envejecido, sino nosotros mismos, y todavía más lejos, después de la vejez, cuando el tiempo es una sustancia sin límites, y con un giro y técnica bien empleada en La casa de las flores y Alevna en la ventana los fantasmas se niegan a callar y siguen viviendo y recordando.

Dos textos componen la sección Amores Perros: La Bruja y Película Muda, y esos amores tan humanos, que le pueden pasar a cualquiera, están escritos con una cualidad que quisiera destacar en Carolina, su gran habilidad para el diálogo interior, la fluidez con que el personaje dialoga consigo mismo, y transcurre en medio de una situación, en Película Muda, fue grato encontrarme la referencia a El Pozo del entrañable Onetti  y en los siguientes textos.

Y hacia el final, vamos de regreso, la sección que cierra Natalia, nos transporta otra vez a Comala, y comienza a atar cabos sueltos, con la misma fuerza y contundencia del diálogo interior en Huéspedes y Pasajera en Tránsito, sin convicción, el personaje busca refugios, quizás no crea en esta evasión, ni en sus posibles salidas.

Los Cuentos de Natalia, podrían leerse en clave de novela también, sospecho que Carolina Lozada pronto nos sorprenderá con una. Mientras acabamos estas líneas, caigo en la cuenta de que difícilmente en Costa Rica donde escribo, los lectores tendrán la oportunidad de leer y adquirir este bien logrado libro, eso me hace pensar en los límites editoriales actuales, en la disimulada cautividad de la gente en un mundo global… habrá que tomar un vuelo igual que Natalia… quizás.

Germán Hernández

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