15/2/12

Parábola del pleito entre finqueros




Había dos finqueros que no sabían cómo administrar sus respectivas fincas. Tenían su ganado enfermo y mal atendido, sus peones mal pagados e inconformes.

Como eran orgullosos e irresponsables, sentían que su mediocridad era culpa de su vecino, y empezaron a culparse mutuamente y a envenenar a su peonada contra la otra.

Así que los finqueros mandaban a la peonada a botarle la cerca al otro, y viceversa,  los arengaban de tal manera   para que se machetearan entre ellos, a robarse entre sí el ganado o en correrse la cerca para acá un día y para allá el otro.

Los peones de ambas fincas se olvidaban de sus problemas y atendían diligentes su nueva misión: cuidarle a patroncito sus reses y su finca, porque él nos da de comer, y los peones del otro lo están provocando todo el tiempo, y lo quieren perjudicar.

Lo cierto es que los finqueros no eran tan enemigos entre sí, tenían parientes comunes, y ya sin tener que ocuparse de la peonada que se mataba entre sí, se rascaban la barriga en sus poltronas, emborrachándose todo el día.

El que tenga oídos para oír que oiga!!!!

Germán Hernández

13/2/12

Ruido de Fondo – Javier Payeras



La novela Ruido de Fondo del guatemalteco Javier Payeras, fue publicada en 2006 y reimpreso en 2009 por Ediciones Piedra Santa en una bellísima edición que incluye además de la intensa novela de Payeras una breve selección de poemas suyos  y tres ensayos críticos de su obra por Oswaldo Zavala, Fernando Feliu –Moggi y el cuate Francisco Alejandro Méndez. Una edición de esta calidad es en verdad inusual en Costa Rica.

Novela confesional, escrita con una fluidez coloquial que nos arrastra por una lectura ágil, que interpela sin artificios.  Iconoclasta, irreverente, resentida, posmoderna, desencantada, podrían ser algunas de las formas de abordar su lectura. Pero todas ellas son insuficientes por sí solas. Ruido de Fondo viene a ser suma generacional y que va más allá del paisaje citadino de Guatemala. Si la ubicáramos en un lugar y un tiempo, Ruido de fondo podría ocurrir y ocurre  en San Salvador, en San José, en Managua, en San Pedro Sula también, está ocurriendo en un ahora y en un después, después de la caída del Muro de Berlín y de los Acuerdos de Paz en Centroamérica, es decir, a partir de los eventos eje y paradigmáticos del oficialismos triunfante, pero también ocurre y ocurrió después de la masacre de los padres jesuitas en El Salvador y el homicidio de Monseñor Gerardi tras el informe “Guatemala nunca más”, es decir, dentro de la verdadera constatación de la inercialidad de las piedras que chocan entre sí levantando polvo y amontonándose en una región hecha de escombros.

Resulta paradójico que a ésta generación de narradores centroamericanos a la que pertenece Payeras, se le llame  del “desencanto”, ¿Cuándo estuvo encantada? ¿Cuándo creyó en el fin de la historia? ¿De qué forma heredó las consignas de sus padres y abuelos? Al contrario, es una generación a la que se le negó la utopía, por eso no puede ser de desencanto, es una generación que expone el presente sin las decoraciones y eufemismos de la democracia electoral y neoligarca centroamericana, y se vuelve generación del “Asco”, la que no puede levantar altares y monumentos entre escombros.

Ruido de Fondo ocurre en un instante de autoexamen del protagonista, la noche misma en que abandonará su apartamento y la vista de la Plaza Armas y el pabellón nacional, no hay resoluciones ni nuevos propósitos tras esta decisión, simplemente la urgencia por irse sin pagar en medio de una mala racha. Pero esa última noche da lugar a un repaso por la infancia y juventud, por las aventuras sexuales y la indiferencia por el otro, donde cada habitante se afirma cínicamente en su trozo de cemento, de aire robado, la ciudad es un trozo de tiempo para sobrevivir, donde si no mato me matan, un lugar para evadir, chupar, coger y drogarse. El protagonista no puede transformar una realidad a partir de los discursos tradicionales, las viejas consignas revolucionarias están vacías, las guías turísticas describen un lugar encantado e inexistente, los discursos oficiales se pudren con el amanecer de la incertidumbre, la doble moral de los padres se hace pedazos con su ejemplo.

El narrador, no busca, no lloriquea ni hace rabietas, simplemente, como si en él se juntara la voz lúcida de una generación indiferente, que se sabe abortada por las generaciones hipócritas que le preceden, hace una declaración de una profunda honestidad moral, sin autoengaños y que resignadamente acepta que mañana  “seguramente volveré a comparar coca cuando tenga dinero, seguramente seguiré bebiendo, seguramente volveré a engañar a la mujer que quiero, seguramente mañana volveré a hacer lo mismo y volvería a hacer todo lo que he hecho”; de igual manera lo resumiría Onetti: “la vida es una mierda, y hay que tener el valor de no buscar pretextos”. El indicativo implícito parece ser “quemar las naves” El imperativo implícito también, pareciera la transformación total, sin concesiones y con la memoria alerta.

Germán Hernández

12/2/12

Primer Aniversario de la Convocatoria Permanente de Narrativa



Estamos cumpliendo el primer año de La Convocatoria Permanente de Narrativa, agradecemos la colaboración de tantos narradores y narradoras que nos han acompañado en este espacio, 43 en total, de Costa Rica, Panamá, Guatemala, El Salvador,Honduras, Nicaragua, Cuba, Uruguay, España, México.

Mil gracias a todos y todas los que nos han seguido. Esperamos seguir publicando cada semana un narrador o narradora invitados con su apoyo y compañía. Les invitamos a continuar enviándonos sus textos, a recomendar autores y autoras y seguir disfrutando de la narrativa.

Mil gracias!

Recuerden que también pueden seguir las publicaciones y comentarios de la Convocatoria Permanente de Narrativa en su grupo de  Facebook 

Y a continuación, los enlaces de cada  uno de los narradores y narradoras invitados hasta ahora:



2012





2011

10/2/12

Jorge Victoria - Nuestra última noche



Imagen Digital de Oscar Pedro Bustos


Nuestra última noche


Cuando por fin se cerraron las puertas del cementerio salí de mi escondite y me arrodillé a los pies de su tumba todavía tierna. Los vecinos del pueblo no me habían permitido acercarme a ella ni siquiera después de muerta, a mí, que la quise más que nadie. Yo nunca la hubiese dejado sola, metida en una caja, enterrada bajo el suelo para seguir con mi vida como si nunca hubiera existido. Yo no, yo amaba a Lucrecia, yo nunca la dejaría. Nunca.

No me fue fácil encontrar una pala para cavar, el enterrador las guardaba bajo llave y tuve que echar la puerta abajo, arriesgándome a que desde el pueblo escucharan los golpes. Una astilla me arañó el ojo derecho y las gotas de sangre se mezclaron con mis lágrimas. Mordí el mango de un cuchillo oxidado para no gritar de dolor, cogí la pala del enterrador y volví junto a mi amada.

Me quité el abrigo y lo dejé plegado sobre una lápida vecina. Era el abrigo que me regaló el párroco para el entierro de mi madre y nunca más lo había vuelto a usar, para no estropearlo. Le dije al párroco que cuando me muriese, quería que me enterrasen con él puesto.

Cogí la pala y cavé fuerte, rápido, hundiéndome en la tierra húmeda. Vi mis manos azules levantar la pala, una y otra vez, para clavarla en el vientre de la tierra, ansiosas por salvar a Lucrecia que esperaba dormida bajo mis pies.

Al fin golpeé la tapa de madera, me agaché sobre el ataúd y aparté la arena con las manos. Cogí aire y, aguantando la respiración, lo abrí. Al verla me desmoroné, Lucrecia, mi niña, estaba muerta como una muñeca con el cuello roto, sin brillo, azul. Me dejé caer sobre ella y la abracé llorando, con la desesperación de haber llegado tarde a aquel abrazo, soñado tantas veces cálido y tierno, que se me perdía rígido entre los dedos helados. Solo sus cabellos seguían vivos todavía y reflejaban los tristes destellos de la luna, que se escondía culpable tras la niebla negra. Sumergí entre ellos mis mejillas y mis ojos, mis lágrimas y mi sangre.
Derrotado me acosté junto a ella, contemplando la fina cicatriz que le partía en dos la barbilla, la cicatriz que también era mía. Me acerqué y la lamí, salada, y sentí que Lucrecia ya me había perdonado.

Allí nos sorprendió, recostados en la estrecha cajita de madera, aquel maldito perro negro y flaco, con la lengua fuera, goteando babas. Nos miraba sonriendo, jadeando de placer, burlándose de mi tristeza y saboreando ya la carne dulce de mi amada Lucrecia.

Le tiré una piedra que golpeó sus costillas, pero el maldito demonio ignorando mi ataque se asomó un poco más. Asustado me incorporé y agarré la pesada pala del enterrador dispuesto a reventarle la cabeza cuando otras dos bestias, hijas del mismo padre, aparecieron a sus costados. Mi escaso valor me abandonaba, busqué la mirada de Lucrecia para encender mi corazón y horrorizado descubrí que a mis espaldas otro diablo calentaba ya con su fétido aliento el cuello frágil de mi niña.

Grité con todo mi odio y me abalancé sobre él, pero el muy cobarde de un salto se elevó hasta el borde de la fosa. Y allí permanecieron, acechando, a la espera de que el cansancio y el miedo me debilitasen.

Me senté frente a Lucrecia, abatido. Levanté con cuidado sus párpados para ver aquellos preciosos ojos grises por última vez. Los cogí con las yemas de mis dedos temblorosos y ante las fauces rabiosas de las negras bestias los engullí sin masticar. Y los demonios aullaron clamando venganza, helándome el alma hasta desquiciarme, pero en mi garganta sentía el calor de mi niña que me alentaba a desafiar al mismo infierno.

Animado por mi triunfo empuñé el cuchillo oxidado del enterrador y abrí los labios carnosos de Lucrecia, los besé con ternura, saqué su lengua morada y la corté, los perros gruñían con espuma entre los dientes, pero yo gruñía más fuerte y les hacía retroceder. Había aprendido a vencerles, no me podrían apartar de Lucrecia, esta vez no.

La desnudé cortando a tiras su traje blanco y una belleza jamás soñada me desarmó, mis labios se perdieron entre sus senos pequeños y blancos, y mis manos incrédulas acariciaron sus caderas prohibidas. 

Unos colmillos se clavaron en mi cuello arrancándome aquel breve instante de felicidad por el que mi vida valió la pena. Recuperé el cuchillo y apuñalé una y otra vez al animal hasta que sus mandíbulas se aflojaron. Lo agarré de las patas traseras y lo lancé fuera del foso. El resto de la manada desapareció tras él.

Me abracé a mi deseada Lucrecia y mordí sus muslos carnosos, devoré su vientre tierno sorbiendo cada vena y relamiendo cada poro, y su cuerpo enteró se escondió en mis entrañas.

Cuando los demonios volvieron, la belleza de Lucrecia estaba a salvo de sus lenguas hediondas. Viéndose derrotados se reunieron alrededor de las tripas de su general y, una vez saciado su apetito, regresaron a su maldito infierno.

Aquella última noche, nuestra última noche, pude descansar en la tumba de mi amada hasta el amanecer.

Me despertó el enterrador con un golpe seco en el estómago, y después vinieron muchos más. Me sacaron del cementerio y me arrastraron por las calles del pueblo. Junto al río me obligaron a cavar mi propia tumba, y con la pesada pala del enterrador cavé de nuevo, bajo el sol de la mañana, orgulloso y feliz.

Me arrojaron al agujero todavía con vida, y me apedrearon y me escupieron hasta que dejé de respirar. Terminaron de cubrir la fosa con cal y arena, y por fin me dejaron,
descansando en paz
con mi amada Lucrecia.
Eternamente.



Jorge Victoria Ahuir. (1976) Escritor nacido en Algemesí (España) y residente en Changchun (China). Estudiante de lengua y literatura chinas, distribuye sus relatos por la red como único método de publicación. Es el creador del blog-personaje Saturnio Tabares.

Sus relatos son costumbristas, fantásticos, o ambas cosas a la vez."




Aquí puede descargar en formato pdf: Nuestra última Noche

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8/2/12

Versos en Alquiler - Frank Pineda








Nos place en El Signo Roto, compartir con ustedes una pequeña selección de poemas del libro Versos en Alquiler, del joven poeta Frank Pineda. 

Versos en Alquiler fue recién publicado por el prestigioso sello editorial Letra Negra.  Aunque todavía no está disponible en Costa Rica, el autor nos comparte como primicia una pequeña selección de 9 poemas que puede descargar en el enlace:


Y para muestra un botón




El día del espantapájaros

  
Es usted amigo mío,
víctima de las burlas de un pájaro negro,
del suelo que lo mantiene clavado
para darle una personalidad de hombre callado
que tiene un alma de palo,
y un oficio que no es muy bien pagado.

Aunque no se ve nada agotado
de ver su sonrisa marchita
irónica
no evita el acecho de algún cuervo
que se acomoda en su mano de cuando en cuando,
para dar aviso a otro villano
que usted no es nada más que un héroe de trapo,
quien posa frente al sol su rostro de cartón
con una vestimenta poco elegante que la lluvia le acomodó,
para cubrirle la tentación
de cambiar un par de clavos por un corazón
quizá hasta para estrechar más fuerte el saludo al viento,
que pasa por su rutina para llevarse tan lejos el aburrimiento
ese que yo siento cuando quiero ser libre,
porque la vida pide en muchas ocasiones
lo que no se puede dar.

Se lo digo buen amigo
yo, el caballero del disfraz,
que no aprendió a espantar sus heridas
en este campo del olvido
donde me mantengo clavado en soledad.



Frank Pineda. Honduras 1978. Desde sus primeros años muestra afición por el arte, participando en concursos escolares de poesía y puntura donde fue galardonado por sus participaciones.

Emigra a Guatemala en el año 1996, ingresa a la Facultad de Ingeniería de la Universidad Francisco Marroquín, donde cursa las carreras de ingeniería en electrónica y sistemas. Más tarde incursiona en el desarrollo del diseño web, donde alcanza a ganar reconocimientos y participa en algunos proyectos colectivos en Europa. Actualmente es director de arte y social media para una empresa transnacional.

7/2/12

De todas las Selvas – Daniela Trottier



Publicado en 2006, por la Editorial de la Universidad de Costa Rica, De todas las selvas de Daniela Trottier, me llegó por recomendación del maestro Rafael Ángel Herra.

Daniela Trottier, ha sido muchas personas encarnadas en una sola, quien desee indagar en ellas, tendrá su oportunidad si lo desea, en este libro al que nos referimos, podríamos descender e incrustarnos en algunas  de ellas, en la testigo, porque atestigua, y en la de protagonista, porque así lo quisieron sus sueños.

Es un relato que tiene su corazón entre 1978 y 1979, da unos pasos hacia atrás para prolongar sus extremidades y afirmarse históricamente, y da unos pasos adelante para proyectar su cabeza y sus manos constructoras, el lugar es Costa Rica, una que muchos olvidaron y que oficialmente quieren que olvidemos: la Costa Rica que fue hermana y compañera de una Nicaragua preñada de sueños revolucionarios y emancipadores.

De todas las selvas, tiene una estructura y una construcción que se desenvuelve híbridamente, es prosa poética, es testimonio, y es relato que se conjugan de manera casi novelesca a partir de una narradora que recoge un instante en la vida de una multitud de vidas, va más allá del anecdotario, sus pretensiones  se incrustan en la singularidad de cada guerrillero y guerrillera, el breve trazo que abarca dejando las incógnitas: los antes y los después de estas vidas narradas, algunas más notorias (el Comandante  0, Viviana Gallardo, La Chayo, etc.), otras más discretas y anónimas (Aquellas como bien dice Jorge Jimenez  son “los nombres propios del anonimato de cañón que alimenta todas las revoluciones. Personajes todos blindados de alias como en una conjura nominalista para resistir la tumefacción de la metralla y el olvido”). Totalmente caótica, inabarcable, como deben haber sido esos años, y como seguramente debe ser escrito.

Estas vidas narradas, son las de los héroes revolucionarios, seres de carne y hueso, hombres y mujeres que sienten miedo y hambre, que en medio de su corporeidad frágil y vulnerable, tenían un sueño compartido capaz de engendrar y parir en cada uno y cada una las mejores virtudes.

Y a lo largo de estas vidas, sobresale siempre, casi como recurso contra la amargura y el dolor: un humor ácido, que contiene la ironía de quien soñó otro mundo desde la precariedad y en circunstancias imprevistas.

No idealiza nada, este libro no trata de apologética beligerante y partidista, no es un panfleto, pues apela a la vida y la memoria.

Es escasa esta literatura que testimonia los años, las vidas y contradicciones de la Revolución sandinista y de cómo tantas vidas y nacionalidades se cruzaron entre Nicaragua y Costa rica cuando fueron más hermanas e hijas de un destino compartido, ese entonces, en que Costa Rica fue geográficamente plataforma y sustento del Comando Sur, para el tráfico de armas, comunicaciones, recuperación de guerrilleros, casas de seguridad, reclutamiento, propaganda y logística, más todavía, cosecha de alfabetizadores, médicos, amigos, amantes, internacionalistas, la más internacional de las revoluciones se fraguaba en Nicaragua.

El mejor antecedente de estos hechos en la literatura costarricense es la novelística de Adriano Corrales con “Los Ojos del Antifaz” y muy especialmente con la sobresaliente “Balalaica en clave de Son”; en este sentido la obra de Trottier se complementa con el testimonio de los internacionalistas.

A parte de los méritos literarios (poesía dolorosa, muerte que hace germinar) De todas las Selvas, resulta fundamental y urgente para restaurar la ecuanimidad y la memoria histórica de dos naciones, Costa Rica y Nicaragua que sufrieron juntas y compartieron sueños juntas, que cada una supo poner hijos e hijas en la reconstrucción y la solidaridad y también hijos e hijas muertos en combate y que si los olvidamos, irremediablemente seremos los culpables de haber hecho inútiles sus vidas y sus muertes.

Germán Hernández

3/2/12

Juan Murillo - Vida y Obra de Istvan Csejte






Vida y obra de Istvan Csejte
  
Nace en 1910, en Csejte, en un pueblito ensimismado entre laderas nevadas de los cárpatos transilvanos ocho años antes de la desaparición del imperio austro-húngaro.  Transilvania luego pasa a formar parte de Rumania, en donde vive toda su vida como parte de una minoría húngara ansiosa de morder la mano que supuestamente la alimenta.  Hijo ilegítimo de una trashumante y prostituta ocasional, es bautizado como Istvan Csejte por los monjes de la abadía que lo encuentran en la puerta una mañana mientras caen los primeros crueles copos de nieve del invierno.  Esta infancia temprana del pequeño Istvan pasa en medio del rigor disciplinario y el frenesí religioso de los monjes cuyo abad espera de algún modo llevar de vuelta al oscurantismo medieval a través del ejercicio de la copia a mano de libros.  Istvan se inaugura entre las letras copiando textos que no puede leer y en eso transcurre toda su infancia a pesar de su evidente ausencia de aptitud por el lenguaje.

            Cumplidos sus quince años decide escapar hacia Bucarest en donde se desempeña como mensajero, aprendiz de carnicero o carterista, alternativa y sumariamente, según las necesidades del momento o la tolerancia de los carniceros a su manera tosca de tratar los cortes o de los mayordomos a la forma en que ensucia las cartas antes de entregarlas.  Ya para esta época Istvan lee furiosamente, compulsión que ha adquirido en la abadía como una forma de dejar la mente en blanco para huir de la escualidez circundante.  No comprende nada de lo que lee, como en el monasterio, pero eso no le preocupa porque cree firmemente que lo que importa es la cantidad de palabras leídas y el estatus que da ser un lector, más que las ideas o historias que los libros puedan aportar. En las librerías roba libros impulsivamente y sin reparar demasiado en los títulos, especialmente de poesía, los cuales devora con avidez y sin mayor atención.  Eventualmente es capturado durante el robo fallido del libro de un autor de moda, juzgado por hurto menor y encarcelado por tres años.  Tras su liberación en 1933, a los veintitrés años, en un paroxismo de orgullo semiletrado, escribe un primer poemario titulado Ruinas y sangre, en el que ilusiones de grandeza nutren una versificación irregular, por no decir torpe, y un uso obtuso y repetitivo de imágenes góticas y eclesiásticas en las que los sustantivos abstractos insisten en copular con los adjetivos concretos. En Ruinas y sangre el joven Istvan argumenta que él, o el protagonista homónimo del autor, es el heredero perdido de la línea real transilvana de los Báthory y reencarnación del Caballero Negro de Hungría. Publica el libro bajo la rúbrica del que en adelante será su seudónimo: Nicolae Orescu. 

            Istvan se identifica en esta época con Hungría, a pesar de que vive en Rumania y habla rumano y quizá el libro obedece a las vejaciones que sufre como húngaro en la capital rumana.  A los 27 años ya ha escrito otros tres libros de poesía, de los cuales no ha logrado publicar ninguno.  Asiste compulsivamente a los recitales de los surrealistas rumanos en donde conoce a Dolfi Trost, Gellu Naum, Virgil Teodorescu, Paul Paun y Gherasim Luca.  El grupo de sofisticados surrealistas inicialmente rechaza su constante y poco sutil acecho, pero finalmente terminan tolerando su presencia, no como un igual, sino como una especie de mascota o bufón, como un hermano menor idota que los divierte con su poesía de ideas desorbitadas y estética indefendible y con sus estridentes opiniones incorrectas.  La escasa calidad de su poesía, su inexplicable xenofobia, sus elogios siempre mal fundamentados de Stalin y su necesidad constante de fraternizar con todo aquel que pueda convertirse de algún modo en un proveedor de favores lo convierten en un referente negativo del grupo.  Istvan es todo lo que los surrealistas no son.  Mientras Istvan es provinciano, católico, arribista, ignorante e ignorante de ser ignorante, ellos son cosmopolitas, libre pensadores y escritores que creen profundamente en el misterio del arte.  Mientras que Istvan habla rumano con dejos húngaros, ellos hablan francés.  Mientras él lee a los románticos franceses y no logra comprender nada, ellos ya transitan hombro a hombro las sendas oníricas de Bretón y Eluard, e incluso, en algunos aspectos, los superan.  Las opiniones de Istvan son igual que él, siempre más grandes y estridentes de lo que permiten sus simplistas razonamientos.  Declara en reuniones que los poetas son todos farsantes y aspirantes a tenores de ópera; que el propósito de la poesía debe ser la restauración de la monarquía ancestral en Rumania o en su defecto, llevarlo a él a la grandeza y la gloria; que sólo Stalin a logrado concentrar el poder como lo hacen los verdaderos reyes.  Le disgusta Hitler, pero únicamente por su estilo proletario de su bigote, el de Stalin en cambio le parece varonil y se deja crecer uno idéntico.

            Luca y Trost llenos de una fascinación, luego de una alucinada noche de copas llena asombro entomológico y desprecio literario, deciden ponerlo en su lugar jugándole una broma y publican en un tiraje diminuto, La estirpe del Dragón, el último poemario inédito de Csejte, con el mismo seudónimo que Istvan ha escogido: Nicolae Orescu.  La única reseña del libro aparece en el boletín literario surrealista en la que el crítico anónimo advierte que el libro utiliza la puntuación del mismo modo que los ladrones las cachiporras, para aturdir al paciente mientras le roban, en este caso, el importe que pagó por el libro.  Istvan, a quien los surrealistas ya empiezan a llamar Orescu a sus espaldas, asalta en medio de su desesperación a un grupo de ancianas que salen de un hotel luego de tomar el té y con el botín logra comprar en el oscuro local del editor todos los ejemplares de La estirpe del Dragón para luego quemarlos públicamente frente a la Opera Romana en medio de una arenga en la que se queja a gritos, subido sobre una caja de tomates, de la falta de amor por la patria de algunos judíos y artistas degenerados.

            Luca y Trost le proponen al resto del grupo escribir un nuevo libro de Orescu en el cual todos aportaran poemas. Los poemas deben ser estrictamente malos, o por lo menos no mejores de lo que serían si los hubiera escrito Istvan Csejte, redactados con cuidado y paciencia, con atención a las desproporciones de los conceptos, a los argumentos falaces, las sintaxis disléxica, la gramática inconsistente, la puntuación tartamuda y el uso brutal de expresiones coloquiales y de imágenes estridentes.  La tarea resulta tan divertida que pronto tienen dos libros, uno escrito por Luca y Trost y otro por Naum, Paun y Teodorescu.  El primero es una parodia de los poetas rumanos de mas renombre en esas fechas, el segundo es un poema largo en el que se describen las costumbres de tocador de la Condesa Erszébet Báthory, omitiendo cualquier tipo de referencia a su mítica violencia y limitándose estrictamente a su higiene personal.  Los libros se publican simultáneamente bajo el seudónimo de Orescu y los surrealistas remiten reseñas elogiosas de ambos a todos los medios en circulación de Bucarest para atraer la atención de la crítica y el público lector.  Gella Naum, en un momento de debilidad y remordimiento le pregunta a Trost durante una gala en la embajada francesa si el plan no será demasiado perverso, si el pobre Istvan no merecerá un poco de compasión en vez del escarnio al que lo planean someter, pero para ese momento ya no hay marcha atrás y los libros comienzan a venderse, primero tímidamente y luego sorprendentemente más y más rápido.  Pronto el impresor les informa que se han agotado ambas ediciones y que los libreros piden más.  Aparecen nuevas reseñas en los periódicos señalando alternativamente la valentía y el desparpajo o la sutileza y recato de los libros.  Istvan que inicialmente había enfrentado a Teodorescu a golpes en un café cuando se enteró de la existencia de los libros, empieza a reaccionar de mejor manera cuando se da cuenta de la atención que está recibiendo.  Una carta iracunda de Lucian Blaga en la revista Banat, denunciando a Orescu como un antisemita y falso poeta, dispara su notoriedad y pronto un segundo tiraje de los libros se agota.  Istvan, con el oportunismo que le es característico, se a apropia de su nueva persona y corrige a los que lo llaman con su nombre de bautismo diciéndoles que ese hombre ya no existe, que su nombre ahora es Orescu, Nicolae Orescu.

            Los surrealistas, asombrados de los resultados de su broma, deciden publicar otro poemario, esta vez con contribuciones de todos, de poemas delirantes que hablan de la noche, baños de sangre, cuerpos que se queman en el fuego, suicidios, terremotos, incesto, tormentas y conflagraciones con miles de muertos.  Un poemario devastador que acabe de una vez con el atropello que es la fama de Orescu.  El poemario, La carroña ardiente, recibe un espaldarazo inmediato de los críticos rumanos en cuanto es publicado y declaran a Orescu como “un sorprendente genio atormentado” y un “ilusionista que esconde su profundidad en una aparente pero falsa sencillez”. 

            Orescu para esta época ya viste el traje de cuero blanco de dandy que lo caracterizará durante sus futuras apariciones en público.  Los surrealistas, viendo a Orescu declamar su nueva poesía en uno de los salones principales de Bucarest, enfundado en su traje blanco y ovacionado por el público, se dan cuenta que han creado un monstruo y deciden cortar por lo sano y no publicar más libros de Orescu.  Deciden que no vale la pena desenmascarar al farsante porque el gesto traería aparejada la necesidad de explicar la broma. 

            Pasan tres años sin que aparezca un libro nuevo.   En el ínterin Orescu entrega varios manuscritos al editor que le ha ofrecido el mejor contrato, cuya línea editorial consiste básicamente en publicar a quien goce de suficiente notoriedad para vender los libros de un tiraje pequeño o posición para ayudar a promover las ventas de otros, pero todos los manuscritos presentados por Orescu son tan rotundamente inservibles que el editor, temeroso y compungido, le solicita que haga tabula rasa y los reescriba totalmente.  Como Orescu es incapaz de mejorar su propio material y en cada reescritura la obra sufre notorias degradaciones, el editor decide meter mano en el asunto y hacer una edición correctiva al manuscrito titulado Las Nieves de Transilvania.  Esta corrección le lleva al editor un año durante el cual las sucesivas modificaciones transforman el poemario de un solo poema épico de confuso registro sobre la nobleza transilvana, a una serie de diminutos poemas intimistas basados en imágenes del cine expresionista alemán en las que aparezcan obreros de fábricas. El producto final, claro está, no tiene relación con el original.  Las pruebas del libro suscitan una carrera entre los críticos para ver cual publica primero la reseña más elogiosa sobre la obra.  En ser el primero en reconocer el genio radica la grandeza del crítico.  Las nieves de Transilvania ya es un rotundo éxito de ventas para cuando las tropas soviéticas entran en Bucarest en 1944.  Luca es enviado al ghetto, el grupo de los surrealistas se desbanda, la mayoría huye hacia París y entran en un silencio traumático.  De Orescu tampoco se sabe nada.

            Terminada la guerra, Orescu es, por motivos aún difíciles de desentrañar, elogiado por el aparato cultural de la Komintern como uno de los más importantes escritores de Rumania, un defensor del habla del proletariado y de el hombre común y un crítico temible de la juventud pequeño-burguesa. El gobierno de Petru Groza le entrega la medalla Ordinul Muncii a la importancia cultural. Uno de los poemas de Las Nieves de Transilvania se convierte en una especie de himno nacional extraoficial y Orescu es nombrado director de la Oficina de Asuntos Literarios, donde se le permite efectivamente ejercer la censura de los textos a publicarse en el territorio rumano.  Esta labor le resulta sorprendentemente fácil a Orescu, especialmente con los autores que le caen gordos sin saber por qué, y no tiene escrúpulos en asignar escritores jóvenes para que trabajen nuevos libros a publicarse bajo el nombre de Orescu.  Uno de estos escritores jóvenes es el brillante Marin Sorescu, cuyos poemas eventualmente llegarán a ser escuchados por miles en estadios de futbol en lecturas promovidas por el estado.  En esta etapa, sin embargo, Sorescu se limita a contribuir, junto con otros jóvenes poetas, a la composición de las obras de Orescu, las cuales son recibidas como obras de importancia nacional y publicadas anualmente por el estado en una colección de pasta dura numerada.  Durante su temporada con la Oficina de Asuntos Literarios Orescu, infatuado con el poder de los órganos de inteligencia del estado, se dedica a la recopilación de información sobre personajes de alto perfil de la cultura rumana.   Aplica alegremente la censura total o parcial a muchos libros.  Finalmente publica un libro propio, sin ayuda de subalternos, que se rumora está compuesto por el material que ha extirpado de la obra de otros autores. Este libro, titulado Envuelto en llamas, lo hace caer en desgracia con el Partido Comunista Rumano, muchos de cuyos miembros se ven retratados en los densos sonetos satíricos, entre ellos el futuro secretario general del partido, Nicolae Ceausescu.  Orescu publica rápidamente una retractación y aclaración en Veac Nou, el periódico oficial de la Sociedad rumana por la amistad con la Unión Soviética, pero su redacción es tan confusa y contradictoria que muchos piensan que, abusando del carácter de intocable que le da su puesto en la O.A.L., se arriesga a hacer lo que en otros prohíbe y se burla de los ofendidos con una disculpa sarcástica.  Una semana exacta después de la publicación de la carta, el 11 de abril de 1965, Orescu desaparece en Bucarest y no se vuelve a saber más de él. 

            Cuatro años después de su desaparición, en 1969, se publica en París la colección de ensayos Tergiversación del autor, firmados por Nicolae Orescu, y que Gherasim Luca, residente en Paris en época de la publicación, denuncia como una broma de mal gusto de Asger Jorn y otros situacionistas que se han enterado de la historia original de Orescu por boca suya. Luca afirmará en una entrevista poco antes de su suicidio en 1994 que en efecto los ensayos analizan exactamente las publicaciones y anécdotas de las que él le habló a Jorn en el Café de la Mairie, frente a la Place de Saint-Sulpice, una dorada tarde de octubre del 67, interpretándolos como verdaderos actos situacionistas que, según el ensayo que da el título a la colección: “tergiversan el concepto capitalista de autor y efectivamente lo disgregan produciendo una literatura sin autor que es una herramienta crítica útil para abordar la postura del capitalismo tardío en cuanto a la producción literaria.”  Nadie responde a la acusación de Luca.  Jorn y los situacionistas, en la época de la publicación, están aún ocupados con las repercusiones del Mayo francés y no se pronuncian al respecto.  Tampoco se tiene noticia de que alguien haya visto a Orescu después de su desaparición en Bucarest.

            Tras la publicación de Tergiversación del autor no vuelven a aparecer obras firmadas por Orescu.  Su nombre, sin embargo, resurge esporádicamente en las décadas subsiguientes:

             Su fama tiene un repunte inicial en Estados Unidos, donde es citado por Hubert Selby Jr. como el autor de los versos que él luego convertiría en la descripción de su momento revelatorio -“me sabía el alfabeto/así que decidí ser escritor”-, que aparecen al principio de Las Nieves de Transilvania.

            Charles Bukowski lo menciona a propósito de una conversación con John Fante sobre los motivos de este último para empezar a escribir y la admiración que le produjo a un Fante inseguro de sus capacidades para la tarea cuando lo encontró en una colección de poetas rumanos compilada por el transilvano Emil Isac y luego traducida por Paul Celan en 1960. “Era como una cucaracha entre mariposas. Liberador.” fue el juicio de Fante, según Bukowski.

  Versos de Orescu también se encuentran en la sección final del manuscrito de “Dile a las mujeres que salimos” de Raymond Carver, precisamente en una sección que su editor Gordon Lish posteriormente le amputó al original, junto con muchas otras, alterando para siempre el sentido del cuento.  Los versos: “quién es ese otro que camino junto a tí /cuando los miro somos solo dos/pero siempre hay otro caminando junto a mí”, aparecen originalmente en el poema XXIII de Envuelto en llamas, que forma parte de la selección de Isac traducida por Celan y que en el cuento de Carver aparecía como parte del diálogo entre los dos protagonistas.

            Orescu fue además adoptado como precursor por los poetas brutalistas mexicanos en su manifiesto Duro y por la cara, publicado en 1983, como influencia directa de su minimalismo salvaje y el uso “duro” del lenguaje y la formación empírica.

            Finalmente, tuvo un breve y tibio auge a fines del siglo XX en la propia Rumania, cuando la poeta Rumana Mariana Marin y el grupo del Cenáculo de los lunes, dirigido por Nicolae Manolescu, se dedicaron a descalificar la obra de Orescu como un simple collage, involuntario o criminal, de obras de otros autores.  Según Marin, “nunca existió el autor denominado Nicolae Orescu, su obra y su vida fueron una invención de él y de la gente que lo rodeaba”.  Entre los actos atribuibles a Marin y su grupo está la vandalización del busto de Orescu que adornaba la esquina sudeste de la Piata Unirii, en donde yace aún hoy sin nombre y sin posibilidad de identificación, y en cuya placa, desaparecida durante este ataque, se podía leer:

“Volveré / como la caspa / porque soy, todos los hombres”.

  
Juan Murillo. Nace en 1971 en San José, Costa Rica. Ha publicado Algunos se hacían dioses EUCR 1996 y En Contra de los Aviones ECR 2011. Fue miembro fundador del Colectivo Literario Octubre Alfil 4.

Colabora con publicaciones periódicas nacionales y en línea con artículos de crítica literaria y reseñas de obras de narrativa nacional e internacional. Mantienen bitácoras sobre literatura en su blog 100 palabras por minuto.

El presente texto es un fragmento de la novela que actualmente escribe.

Aquí puede descargar en formato pdf: Vida y Obra  de Istvan Csekte

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1/2/12

Los Premios Nacionales en Literatura 2011


Este año, los premios nacionales en poesía, cuento y novela nos han traído más alegrías que sinsabores. Alegrías porque hay autores y obras que francamente su anuncio me ha causado una feliz sorpresa. Sinsabores, pues sigue esa condescendencia del año pasado de premiar en combo.

A mi modo de ver, esto deprecia el valor de los premios, ¡y siempre!, es posible acudir a diversidad de criterios para declarar un ganador o ganadora en lugar de salomónicas paridades. (Recuerden que en el relato bíblico la acción de Salomón forzó a una resolución y no al desmembramiento de un niño).

 Ya va siendo momento para promover en la normativa de los premios nacionales (si es que antes no se los “vuelan” con el famoso proyecto de ley)  que estos no puedan declararse desiertos como irremediablemente  ocurrió en los lamentables 2008 y 2009 y, por otro lado  que los premios sean indivisibles para que no siga ocurriendo lo de 2010 y este año.

En todo caso los premios fueron:

Novela: Warren Ulloa “por su obra Bajo la lluvia Dios no existe, al emplear un lenguaje crudo y directo para la crítica de realidades silenciadas, también por su fluidez narrativa y el acercamiento al público lector juvenil” y Alfonso Chacón “por su obra El Luto de la Libélula, debido al ingreso del discurso tecnológico y los temas referidos a las multinacionales y a la tecnocracia al espacio literario. También por su manejo de los recursos estilísticos y el empleo del género policíaco”

No hemos leído aún la novela de Alfonso Chacón, pero vale destacar que el premio a Warren Ulloa tiene dos fortalezas a destacar: 1. Es un premio para una generación de narradores que hasta ahora se le ha negado el reconocimiento que merece  en los premios nacionales y 2. La novela de Warren ha sido ampliamente debatida en diversidad de foros, ha tenido amplia distribución editorial, y ha sido ampliamente leída, tiene un público, y todo eso sumado a su calidad testimonial y literaria, la hacen una obra relevante y por ello digna del premio nacional de novela, y no como ha ocurrido más de una vez, que obras que ni han llegado a los estantes de las librerías y menos al público lector han sido “ganadoras”. Muy bien por el premio a Warren Ulloa.

Cuento: Se otorga de manera compartida. A Faustino Desinach “por la obra Balada Clandestina y su beligerancia en el retrato de la realidad costarricense desde una perspectiva actual y vigente, el dominio de síntesis dentro del género del Realismo Sucio y la crítica de lo urbano”. A Virgilio Mora “por su obra Puta Vida, considerando la relación con las tendencias de la narrativa confesional moderna, la fluidez en el relato y el manejo de la ironía, así como la hibridez del género narrativo como síntesis de la trayectoria literaria de Mora”.

No puedo hablar en concreto de ninguna de las dos obras, en vista de que no las he leído. Pero sí quisiera comentar, que en años recientes, la EUNED en su colección vieja y nueva narrativa ha venido reeditando la obra de Virgilio Mora, cosa que nos parece estupenda, siendo Mora un narrador excepcional dentro de su generación, y que sostenidamente se siente la vigencia y el peso de obra y estilo en la nueva narrativa y en los lectores, pero a la larga, y sin demérito del trabajo de Virgilio Mora, el premio pudo haberse otorgado a un solo ganador, en este caso a Desinach.

Dos confesiones: 1) no me siento muy cómodo con la redacción del fallo del jurado al canonizar eso de “género del Realismo Sucio”. 2) guardaba el anhelo de que este año el premio en cuento se inclinara a “En Contra de los Aviones” de Juan Murillo. Pero no viene al caso aquí referirme a mis favoritos.

Poesía: Se otorga de manera compartida. A Juan Carlos Olivas por la obra Bitácora de los hechos consumados, “por la unidad estructural del mismo, el manejo de intertextos y el empleo de imágenes líricas”. A Alfredo Trejos por su obra Cine en los Sótanos, “por la innovación formal y temática, la interdiscursividad mediante el diálogo con el cine y la presencia de las estrategias de la antipoesía”.

Qué gran año para el poeta Juan Carlos Olivas, el premio UNA Palabra y ahora el premio nacional con su “Bitácora de los hechos consumados”, un gran reconocimiento además para esa horneada de jóvenes poetas turrialbeños donde también destaco a los primos Merayo. Y ni qué decir del premio a Alfredo Trejos, a quien desde hace mucho tiempo se le debía este reconocimiento por ser el poeta más querido y admirado en el medio literario nacional y con la obra poética que más ha calado fuera de nuestro país, hablar de Trejos y su poesía fuera de Costa Rica es recurrente, y su estilo y personalidad son identificables e inconfundibles. Creo que el jurado le hubiera hecho mayor justicia  a Trejos inclinándose por este. Que no se diga por esto que estoy dejando de lado al magnífico amigo y poeta Olivas, su obra está en auge, y su cosecha según compruebo, es abundante, lo visto hasta ahora es como se suele decir “la punta del iceberg” de una obra en curso y que ya no es una  promesa.

En definitiva, seis buenos escritores nacionales, seis obras dignas y competentes; un jurado que como ya dijimos no debió  condescender y sí, hacer de “tripas corazón” porque es verdad de Perogrullo  que  su tarea es ingrata, y que su tarea no es quedar bien con todos ni conmigo, y que en esta ocasión al menos, me dio la grata ventaja de decir de algunos de los premiados: “¡Sí, yo iba por este!”.

Germán Hernández.

30/1/12

Atrapainsomnios – Heriberto Rodríguez


Publicada en 2011 por Ediciones Lanzallamas, que vuelve a acertar al ofrecernos este último libro de relatos del narrador Heriberto Rodríguez. 

Escrito con una prosa densa y versátil, Rodríguez consagra un estilo depuradísimo, un modo de decir y un humor “entre líneas” sutil y sabroso. Eso sí, no son textos de esos que se leen de corrido y entretienen sin más, son piezas muy elaboradas que exigen una lectura atenta, la menor distracción del lector lo defraudará, igual que al autor, que se ha jugado todo en cada texto, y donde nada está ahí por casualidad.

Son veinte textos, veinte experimentos, la mayoría de ellos cuentos propiamente dichos, otros que vibran como poemas escritos en prosa: “El pudor de las ninfómanas”, “El primer deber”, “Desde la Canasta”, “Trac Trac”. Lo cual nos permite intuir un libro más abierto a la experimentación, más misceláneo y libre, donde el goce plástico ablanda las fronteras genéricas y académicas y ofrecen otras posibilidades plásticas pero nunca definitivas, textos que hacen click como el objetivo de una cámara.

El mayor acierto en el conjunto de este libro, es el humor, un tópico esquivo y poco y mal manejado en nuestra literatura, el humor es de las cosas más difíciles de hacer en literatura sin caer en el chiste en sí mismo, el humor de Heriberto Rodríguez es sutil, es recurso asimilado con soltura y como un recurso más que no rechina en los textos ni se disuelve por inocuo. No son cuentos de humor, pero sí tratados con humor, ahí la grata sonrisa que se cuela en la lectura, y que desaparece luego con los golpes, porque también los hay.

Los temas son los grandes temas de la literatura, es decir, los de siempre: notas de viaje, locura y amor, y sumado a ello, una eficacia y una tención en el tratamiento que los hace perdurables en la memoria del lector. Se percibe en la mayoría de los cuentos cómo Rodríguez ha asimilado un modo de narrar en el que toda la fuerza y el golpe final de cada cuento se condensa y cristaliza en la última frase de estos, no, no se trata de finales sorpresa o cosas así, si no de “giros” que redefinen el relato, que revelan otra historia detrás de los hechos y que resuelven los textos en otra dirección que abruptamente desconciertan al lector, lo sacuden y le devuelven un nuevo texto.

Lo anterior es particularmente notable en textos como “Héroe en Roma”, donde  en medio de cierto triángulo amoroso y misión revolucionaria, surge otro texto solapado, lo mismo en “Maldad de algunos Dioses” donde se pone a prueba toda la omnipotencia del narrador demiurgo, en “Libertad, Libertad, Libertad” donde la última palabra la tienen los vivos, “Un paria en París” que se resuelve entre lo obvio y no tan obvio. “La última erección”  donde hay un juego entre el delirio y el fluido intercambio de perspectivas entre narradores y la  casi imperceptible correspondencia que difumina el diálogo en un texto que revela al verdadero iconoclasta, “En Irún” ya se ve cómo Rodríguez, sin agotarse en ningún tema, con una especie de ingenio ingenuo y humor sapiencial, logra con un par de trazos que el lector pueda construir un relato y un contexto y hacerse cómplice con el narrador, “En esta ciudad sin soportales” la prosa llega a un virtuosismo y una belleza que solo es sobrepasada por la calidad del juego y el “giro”, un texto de una calidad innegable, y una muestra que resume estilo y recursos en la obra de Rodriguez, una joya en sí misma.

“La escusa de la felicidad”, “El pudor de las ninfómanas” y “Madrugada sin Manuelita Sáenz”, son una especie de tríptico, donde la enajenación engendra sus propios códigos y realidades alternas (valium chardonay) que hacen un poco más soportables las madrugadas sin sus espectros.

Cuestión de “Vida o Muerte” es un cuento humorístico con todas las de ley, hilarante, absurdo, encantadoramente divertido.

“Las Tráqueas”, cuento inusitadamente extenso dentro del conjunto, sentimos que es al tiempo el más flojo, tiene sabor a clisé y se sale bastante del conjunto y manera del resto de relatos, un texto que posiblemente no nació para este libro.

Esa manera que tiene Rodríguez de formular sus textos por reiterada es arriesgada también, y no nos convence en textos como  “Visitas al aljibe” o  “Mc Donald’s”,  porque se siente que ya se sabe de que van, lo que sí los salva es la fidelidad a un estilo y ese modo de contar. Es posible que también se le reproche al autor, el hecho de que al estar mayormente escritos los cuentos en primera persona, se sienta que narrador y personaje principal son siempre el mismo de un cuento a otro, no se logra esa independencia y singularidad de los personajes centrales y el narrador que habla en ellos.

En general, un libro importante dentro de la nueva narrativa costarricense, y en muchos sentidos, una obra ya madura y distintiva del autor. ¡En hora buena!

Germán Hernández